Cultura

El contrarrelato o la palabra como resistencia

  • 30-30
  • El contrarrelato o la palabra como resistencia
  • Fernando Fabio Sánchez

El poder contemporáneo todavía necesita justificarse. Esa fue la conclusión de la semana pasada.

Lo vemos todos los días en México. 

Desde el sexenio pasado se celebra la llamada Mañanera: una puesta en escena mediante la cual el presidente en turno intenta moldear la narrativa nacional, ordenar el sentido de los acontecimientos y dar cohesión ideológica al campo oficial.

Ante tal narrativa, la resistencia no consiste en convencer al Estado ni en disputar su aparato, sino en mantener viva la capacidad de nombrar la realidad fuera de sus términos.

A continuación, propongo tres estrategias para procurar esta salida.

La primera sería utilizar el lenguaje como espacio de sentido propio, ante la tendencia del poder de cerrarlo, simplificarlo o vaciarlo.

El arte, la literatura, la artesanía, el pensamiento crítico independiente son formas de narración que escapan a la lógica del poder.

Nombran la experiencia sin pedir permiso, sostienen la ambigüedad, la memoria y la contradicción.

Estas formas de narración requieren un segundo desplazamiento: el desacople digital.

Durante años creímos que publicar cada detalle de nuestra vida era un ejercicio de libertad.

Hoy sabemos que esas publicaciones han servido como una forma de entrenamiento algorítmico: informamos a corporaciones y plataformas cómo vivíamos, qué deseábamos, qué temíamos.

Hoy parece que el Estado y las grandes infraestructuras tecnológicas se han alineado.

Las aplicaciones, las redes sociales y los sistemas digitales se han vuelto el Windows de la vida cotidiana.

En este ambiente, la palabra se ha transformado en dato. Y frente a la extracción de valor, la retirada digital es una defensa del sentido.

Salir de las plataformas significa regresar a lo concreto, a la comunidad real, no la imaginaria.

Las redes prometen vínculo, pero producen simulación.

Hablar con los mayores es preservar la memoria. Educar a los niños es transmitir lenguaje que escapa de la normalización.

Cuidar a los vecinos es construir dependencia mutua allí donde el poder prefiere individuos intercambiables.

Ni el individuo ni el grupo deberían convertirse en recurso que alimente la eficiencia de un superpoder tecnológico y político.

La comunidad concreta escapa de la cuantificación. Por eso es política.

De esta manera, llegamos a la micropolítica de la vulnerabilidad. Recordemos que el poder revela sus miedos cuando fabrica razones.

Cada justificación, cada narrativa forzada, cada explicación excesiva deja ver una grieta.

Por lo tanto, ser crítico de las noticias y de las modas, no creer de inmediato, no repetir ni amplificar es una resistencia real.

Podríamos llamar a esto una forma de espiritualidad política. No sería una religión sino una práctica que lleva al sentido personal y colectivo.

Nunca como hoy la espiritualidad —entendida como cuidado del sentido, del lenguaje y de la experiencia— ha tenido una dimensión política tan clara, ya que se opone a la reducción total de lo humano a una función.

Así terminamos nuestro recorrido por las ideas de Nick Land y su diagnóstico sobre el colapso de la democracia ilustrada.

Y llegamos a una advertencia: nuestra oportunidad para mantener un espacio de resistencia consiste en limitar la capacidad del Estado y del poder corporativo en la creación de nuestra identidad.

Para eso debemos recobrar la palabra. Mientras el poder todavía necesite hablar, la palabra sigue siendo un espacio de resistencia. Cuando ya no la necesite, la política habrá terminado.


fernandofsanchez@gmail.com

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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