Policía

“Traten de no meterse en nada”

SERIE PERIODÍSTICA “MUERTE SÚBITA” / CAPÍTULO X

La hermana del tenista fue la primera persona en Neuquén en enterarse de su muerte. ESPECIAL
La hermana del tenistafue la primera persona en Neuquén en enterarse de su muerte. ESPECIAL

La engañosa paridad económica entre el dólar y el peso argentino, inventada en los años noventa por el gobierno de Carlos Saúl Menem, permitió que los ahorros de Bernardo Palacios, quien empezaba a tener problemas de corazón, alcanzaran para que su hijo Mario Palacios Montarcé emprendiera un viaje a China.

A su regreso de Pekín, adonde había ido a tomar un curso especial de tenis de mesa, según dijo a su familia, Mario se encerró varios días en un taller que había en el garaje de la casa de Neuquén. Ahí trató de construir un robot lanzapelotas como los que había conocido en su viaje a Oriente en 1998, donde grabó video y se tomó fotografías posando en un tramo de la Gran Muralla.

El robot lanzapelotas que lo sacaría de la pobreza en Neuquén nunca funcionó del todo bien, así que durante varios meses Mario tuvo que seguir ganándose la vida con trabajos eventuales de electricidad, soldadura y construcción, hasta que su veleidosa vida laboral lo llevó en 1998 a colaborar en los trabajos de audio para un concierto que iba a dar Pimpinela, el dueto de hermanos que parecen esposos, en la ciudad de Bahía Blanca, a cuatrocientos kilómetros de distancia de Neuquén.

Tiempo atrás, Matilde Montarcé, tía de Mario, se había ido de Darwin junto con su esposo y sus hijos a Bahía Blanca, donde habían conseguido una modesta fortuna y donde uno de sus hijos, Roberto Depietri, había logrado convertirse en jugador profesional de futbol, primero del equipo local Olimpo, y luego del Toluca de México.

Doelia tomó el teléfono una noche antes del viaje de Mario y le avisó a su hermana Matilde que su hijo Mario iría a Bahía Blanca y que quería encontrarse con Roberto en caso de que este estuviera en la ciudad. Días después, los dos primos se reencontraron en la terminal de autobuses de la ciudad, que se encuentra a un lado del helado mar del Atlántico. En un bar recordaron con dificultad que solían pescar en los canales de Darwin y que a Depietri todos en la familia le decían Ringo. Las remembranzas los hicieron reír toda la noche.

Pero Depietri, además de reír, vio a Mario con problemas económicos.

—Dame tu currículum y lo presentó en el Club Toluca para ver si pueden darte un buen trabajo —le ofreció Ringo.

Al cabo de unas semanas, la madre de Depietri llamó a la de Mario para decirle que existía una posibilidad de que Mario diera clases de tenis de mesa en México. Al colgar el teléfono, en la casa de la familia Palacios Montarcé, en Neuquén, buscaron un globo terráqueo que tenían guardado. Trataron de localizar la ciudad de Toluca, pero no la encontraron. Como quiera celebraron con un asado.

Al poco tiempo de la llamada, el 22 de enero de 1999 por la mañana, el tenista de mesa al que previsiblemente le esperaba en la Patagonia una vida entre trabajos eventuales y la enseñanza del ping pong en gimnasios de gobierno, se subió a un avión que lo llevó a un lugar donde habría de codearse con la gente más próspera de la ciudad.

Bastó que Mario Palacios se subiera a un avión para cambiar de clase social.

***

“Sobre la muerte de Mario, Depietri nos decía nada más que le habían pegado un tiro y que él no sabía nada —relata Mónica, la hermana mayor de Mario, quien trabaja como secretaria en un consultorio médico de Neuquén—. El 27 de noviembre llegó el cuerpo de Mario a Neuquén. Ese día era el cumpleaños de mi papá, que estaba enfermo del corazón y murió a los tres meses. Yo creo que por la tristeza de la muerte de Mario. Fue muy duro. Al llegar al aeropuerto, lo trasladamos a una funeraria donde estuvo veinticuatro horas. Al día siguiente, el 28 de noviembre, a las diez de la mañana, lo llevamos al cementerio de Neuquén. Depietri nos dijo que había sido un accidente. Recuerdo que también me dijo: ‘Traten de no meterse en nada, no hagan llamadas ni envíen mensajes. Hay mucha mafia en México’. Depietri siempre evadía hablarnos sobre lo que pasó. Yo estoy agradecida porque sin él no hubiéramos podido traer a Mario, pero esa fue la única vez que vimos a Ringo. Después empezamos a atar cabos porque Ringo [Depietri] ya no contestaba cuando le llamábamos para preguntarle por lo de Mario”.

Mónica fue la primera persona en Neuquén en enterarse de la muerte de su hermano. El gerente del Club Toluca, Víctor Cienfuegos Arochi, delante de quien Mario murió en la Clínica 22 del IMSS media hora después de ser atacado, llamó la tarde del viernes 21 de noviembre de 2003 a la casa de los padres del instructor. El papá de Mario contestó el teléfono, pero el gerente del club prefirió no decirle a él lo que había sucedido y preguntó por algún otro familiar. Nadie más se encontraba en la casa.

Una hora más tarde, el papá avisó a Mónica de la llamada que había recibido desde México y ella buscó en su agenda los teléfonos del Club Toluca para reportarse con el directivo. Como a las seis de la tarde, después de tratar de encontrarlo sin suerte, Arochi se reportó y le dijo: “Mario tuvo un accidente… está muerto”. La hermana soltó el teléfono y se puso a llorar. No pudo seguir la conversación telefónica. Media hora más tarde, el gerente llamó de nuevo y le dijo que Mario había muerto en un accidente, que le habían dado un tiro.

“Se me hizo raro que dijera que había sufrido un accidente y que había sido un tiro. Luego me dijo que tenía que ir a México y yo le dije que yo no tenía nada de dinero para ir. Me dijo que si no íbamos, lo iban a declarar NN, no identificado, creo, pero entonces nos habló Roberto [Depietri], que por coincidencia acababa de llegar a Toluca un día antes y dijo que se encargaría de todo”.

Mónica avisó de lo sucedido a Patricia y a Graciela, las otras hermanas. Los papás de Mario ya sospechaban que algo malo había sucedido con su hijo, pero las hermanas no sabían aún cómo decírselos. Esa noche solamente les avisaron que su hermano había tenido un accidente en Toluca y que estarían al pendiente de nuevas noticias.

Después de que le dijeron que Mario había tenido un accidente en México, Doelia fue al antiguo cuarto de su hijo y encendió una vela que al instante se apagó. Pensó que era una corriente de aire colado y la volvió a encender, pero esta se volvió a apagar. En ese momento, Doelia supo que su hijo Mario había muerto.

Desde entonces y hasta que el cuerpo de Mario llegó a la Patagonia, casi una semana después, Doelia se levantaba todas las madrugadas a regar las plantas del patio de la casa, en especial unas azucenas que eran las favoritas de Mario y que por más agua, luz y viento, no dejaban de marchitarse.

“Las corté después de que enterramos a Mario”, me dice Doelia. 

(CONTINUARÁ…)


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Diego Enrique Osorno
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