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Miércoles , 24.04.2019 / 07:17 Hoy

Sonido & visión

King Crimson en México (I)

Fernando Cuevas

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Surgieron dentro del naciente movimiento progresivo y de inmediato se volvieron un pilar, no solo de estos territorios, sino de la evolución del rock todo. De la mano experimental que mece la guitarra, discreto y concentrado en la innovación, usualmente ocupando un lugar en segunda fila dentro del escenario, alejado del negocio y la parafernalia mediática, el cerebral Robert Fripp, comanda desde hace cinco décadas a King Crimson, proyecto que ha seguido mutando para reconvertirse y no morir, evitando repetirse o grabando cual suma cero: más bien buscando y ensanchando las posibilidades del género que lo arropó y del cual se volvió parte medular.

Con el baterista Michael Giles, compañero del recién disuelto grupo Giles, Giles & Fripp que alcanzó a grabar un ecléctico disco titulado The Cheerful Insanity of Giles, Giles & Fripp (1968), el cantante y bajista Greg Lake, amigo de la infancia, y los ex Infinity Ian McDonald y Peter Sinfield, de habilidades múltiples tanto para los sonidos como para el ámbito visual, Fripp integró una sólida alineación para grabar el mítico primer álbum de la banda, después de algunas modificaciones en los prolegómenos y haber participado en agrupaciones como el dueto The League of Gentlemen junto con Gordon Haskell y en la Majestic Dance Orchestra.

De la corte real a la isla personal

Su obra inicial fue un clásico instantáneo, si es que tal cosa es posible: In the Court of the Crimson King (1969) transita a lo largo de sus seis cortes por diversas señas de identidad de la progresión, entre pasajes instrumentales de ruptura interpretados con el virtuosismo esperado, tonos pastorales que se insertan en esquemas de intensidad instrumental y una épica más dolorosa que celebratoria. Anticipando nuestro epitafio para predecir al hombre esquizoide del siglo XXI en el que nos hemos convertido, no queda más que rendir pleitesía al rey carmesí y formar parte de su corte.

Con la convencida vocal de Greg Lake entonando las intrigantes letras de Peter Sinfield y, desde luego, la portentosa y mutable guitarra de Fripp, transitando del jazz a la explosión roquera y de ahí a un exquisito clasicismo que se inserta en las capas de teclados cortesía de McDonald, también aportando los sonidos de viento, las intrincadas piezas se despliegan al ritmo entrecortado de la batería de Giles para generar un conjunto de atmósferas que viajan de momentos llenos de calma nebulosa a orquestaciones de alta emotividad, generando reacciones como las expresadas en el primer plano del rostro en rictus de angustia que llena la icónica portada.

Ya sin McDonald y Giles, dos bajas sensibles en la alineación, con Fripp haciéndose cargo del mellotrón y Sinfield participando más en la composición, presentaron In the Wake of Poseidon (1970), digno sucesor de su impactante debut con todo y una producción más pulida y sin resentir del todo las ausencias, en particular por la claridad del enfoque de su líder. Estructuras cercanas al free jazz se entreveran con campos en los que se respiran aires folk, impulsados por momentos de un aliento barroco que ceden paso a los acostumbrados momentos de calculado y casi matemático caos.

Para mantener el ritmo, ese mismo año entregaron Lizard (1970), compuesto a partir de una tendencia más jazzera, impulsada por la presencia de las flautas y el sax de Mel Collins y episodios pantanosos de absorbente espesura. Su ex compinche Gordon Haskell le entró al quite con la voz y el bajo en lugar de Greg Lake, quien se lanzó a la aventura con Keith Emerson y Carl Palmer para conformar su famoso trío, y Andy Mculloch en la batería para sustituir a Giles, mientras que entre los invitados destacaba un joven vocalista llamado Jon Anderson de una naciente banda conocida como Yes.

Después de diversos movimientos y pruebas, entre las que destaca la audición que hizo el gran Brian Ferry como posible vocalista, sitio ocupado al final por Boz Burrell, y con la presencia de Ian Wallace en la batería, se presentó dividiendo opiniones el álbum Islands (1971), que si bien no estuvo a la altura de sus predecesores, consiguió alcanzar momentos de gran inspiración por la sugerente interacción de los instrumentos de viento, la incorporación de la soprano Paulina Lucas y la magistral articulación de guitarra y mellotrón cortesía del arquitecto al mando, como avizorando la propia tierra firme asediada por mares ancestrales. El final de esta etapa estuvo marcada por Earthbound (1972), primer disco oficial en vivo del grupo.

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