No habrá estrategia que funcione mientras no se miren al espejo. Ahí encontrará Estados Unidos al enemigo que, a toda costa y con todo su inmenso poder, intentan destruir. De nada les servirán las tropas de élite, los drones, los misiles, toda la parafernalia tecnológica con la que cuentan y con la que amenazan venir a “hacer el trabajo” que, según ellos, “en México no hacemos”, mientras no reconozcan
que, en sus propias entrañas, está el mal.
En medio de la usual retahíla de amenazas contenida en la nueva estrategia de combate a la droga, presentada por el propio Donald Trump, se asoma por primera vez, tímidamente, la verdad. Dice el documento que solo en 2025, 73.5 millones de estadunidenses, es decir 25.5% de la población total, probó alguna droga, y que 48 millones, equivalente a 16.8%, tiene problemas de adicción.
Con ese mercado, el más grande del mundo; con esa enorme cantidad de consumidores compulsivos que tienen, además, un enorme poder de compra; con esa enorme cantidad de dinero que se mueve en las ciudades al norte de la frontera y termina oxigenando su economía, ¿de qué sirve que anden cazando capos de la droga en América Latina?
Capos, además, con los que, en muchos casos a lo largo de la historia reciente, han tenido relaciones incestuosas las propias agencias encargadas de combatirlos, y a los que han utilizado como peones de su estrategia de dominación hemisférica. Capos con los que terminarán de todos modos negociando. Capos que solo proveen la materia prima a esos otros capos que no tienen ningún interés en perseguir y que son los verdaderos dueños del negocio: los capos estadunidenses, sus capos.
La droga le sirve a Estados Unidos y por eso no se mira en el espejo. Es un factor de paz social en su propio territorio. Amansa a sus jóvenes. No hay rebeldía sin conciencia y no hay conciencia en un adicto. La droga les sirve porque desestabiliza a América Latina, lastra su desarrollo, mina su independencia, la mantiene de alguna forma siempre vulnerable, siempre en guerra; en una guerra destinada a perpetuarse mientras no se reduzca el consumo, en la que ellos ponen los dólares y las armas y nosotros los muertos. En una guerra que es para ellos, económica y políticamente, un gran negocio.