A dar testimonio de que la apuesta de vida de José Martí es la misma que —por el bien de todos— hacen el pueblo y el gobierno de México, ella y el movimiento de la 4ª Transformación, es que, me parece, va Claudia Sheinbaum Pardo a Barcelona.
A nuestra cultura de paz, al respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos consignado en la Constitución, hoy el Humanismo Mexicano añade un principio que puede iluminar la acción de gobiernos y movimientos progresistas que se oponen a la guerra: la paz es fruto de la justicia.
“La nada tiene prisa”, como decía Pedro Salinas, y la disyuntiva es clara: o echamos nuestra suerte con los pobres de la tierra o permitimos que la plutocracia la haga estallar con sus misiles.
En esta caracterización del conflicto, en la urgencia de una acción de justicia profunda y radical —la de poner primero a los pobres y marginar a esos ricos y poderosos a los que solo mueve la avaricia— coinciden la primera presidenta de la historia de México y León XIV, el primer papa estadounidense de la historia.
Las “amenazas existenciales” contra los pueblos de Israel o de los Estados Unidos, el armamento nuclear de Irán —como antes fueron las armas de destrucción masiva en el caso de Irak—, el “cártel de los sapos” en Venezuela o la imposición de la democracia en Cuba, el narcoterrorismo en Colombia y México o el terrorismo a secas en Afganistán, sustitutos a la mano del comunismo en el mundo, son viles patrañas: la coartada reciclable que el imperio usa para justificar sus crímenes.
Detrás del genocidio en Gaza, del que está en curso en el Líbano, de la amenaza de exterminio que pende sobre una civilización entera en Irán, del cerco de hambre tendido en torno a Cuba, de la incursión armada en Venezuela, de la intentona intervencionista en nuestra patria, de la vana promesa de “hacer a América grande de nuevo”, de la guerra de aranceles, están el petróleo, el negocio inmobiliario, la industria militar, las ganancias billonarias de un puñado de especuladores que disponen de información privilegiada. El dinero, solo el dinero, siempre el dinero y su contraparte obligada: la pobreza, la opresión y la injusticia que la acompañan.