Que, de un solo golpe, con un edicto imperial, Donald Trump designe a Morena como una organización criminal y a sus 12 millones de militantes como terroristas, es el sueño que, en el colmo del paroxismo, tienen la oposición conservadora en México y las y los líderes de opinión que, en el viejo régimen corrupto y como decía Ryszard Kapuściński, eran los “dueños del oído”.
Lo cierto es que, ni unos ni otros, aceptaron en realidad los resultados de las elecciones libres, limpias y auténticas —como lo establece la Constitución— del 2018 y el 2024 y lo cierto también es que saben que en las urnas y limpiamente no volverán a ganar jamás.
Contra el mandato popular, es decir contra la democracia en México, se alzaron desde los inicios del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Seis años se empeñaron en una masiva, constante y feroz ofensiva de propaganda negra para tratar de descarrilar al gobierno y frenar la transformación que tenía, sin embargo, poca resonancia fuera de nuestro país.
Esto cambió en 2024 con el regreso de Trump a la Casa Blanca. La oligarquía, la oposición conservadora, la mayoría de los medios de comunicación y en ellos muchos de los líderes de opinión más influyentes de México pasaron a recibir órdenes y a ser parte, consciente o inconscientemente, pero parte al fin, de la compleja maquinaria de dominación hemisférica de una potencia menguante.
El narcoterrorismo, una impostura que vino a sustituir al anticomunismo, al fundamentalismo islámico y al terrorismo a secas, amalgamó a las derechas de ambos lados de la frontera —que ni allá ni acá tienen futuro en las urnas— en una cruzada criminal y suicida contra la democracia y la soberanía nacional de México.
A ellos les une el fanatismo y la intolerancia, su lógica es la de la confrontación, la guerra, el exterminio de quienes piensan, se ven, hablan distinto y a quienes consideran culpables de haberles quitado sus privilegios.
Nuestra fortaleza, y lo ha dicho Claudia Sheinbaum Pardo, no son las armas sino los principios y la decisión de construir, pacíficamente, con democracia y en libertad, una sociedad que ponga siempre y “por el bien de todos primero a los pobres”.