En un ensayo titulado “La sombra”, Carl Gustav Jung expone que este concepto alude a nociones inconscientes “oscuras” de la personalidad de los individuos, que difícilmente son reconocidas “sin considerable esfuerzo moral”. Ello debido en parte a que estas características oscuras son de una “naturaleza emocional” que conduce a que las personas “se comporten más o menos como primitivos, que no sólo son las víctimas pasivas de sus afectos, sino que también son singularmente incapaces de emitir un juicio moral”. Un importante elemento adicional es que la resistencia (o incapacidad) de los individuos a reconocer sus propias sombras se externaliza como proyección, con lo cual es otro (u otros) el depositario del afecto negativo, y según Jung la persona queda encerrada en una especie de capullo (que recuerda al video de “Comfortably Numb” de la película The Wall de Alan Parker, donde Pink muda de su estado normal hacia una especie de piel derretida, antes de despojársela para emerger como un fascista hecho y derecho) que lo aísla por completo tanto de su propio dark side como del mundo circundante, convertido en una especie de proyección de dicho dark side.
Me parece que aquí existen varios elementos vinculados con fenómenos definitorios de la actual época que, a su vez, si seguimos la teoría junguiana, se relacionan con los aspectos más profundos (oscuros) de la narrativa contemporánea, fundamentada de manera incluso teórica en aspectos como la envidia, la competencia por aniquilar a los adversarios y la acumulación de beneficios a toda costa, sin importar las consecuencias que se generen. Sin embargo, como bien señala Jung, al ser sumamente complicado que las personas entremos de manera consciente en contacto con ese dark side cotidiano, que estructura buena parte de las interacciones por ejemplo en el entorno laboral, aparece de continuo como proyecciones fuertemente cargadas de emociones hacia los demás, con lo cual se explicaría en parte la polarización y el incesante griterío en el espacio público (virtual), y con lo cual también cobra una lógica junguiana que la dinámica preponderante de la discusión sea el insulto y no la argumentación.
Otro tanto podríamos pensar de las masacres cotidianas que suceden en Estados Unidos, donde por lo general adolescentes abren fuego de manera indiferenciada, sin que exista siquiera una intención política, como podría ser en el caso de los jihadistas. Los perfiles de los perpetradores casi siempre arrojan una profunda rabia vinculada con el desprecio y el maltrato sistemático, a menudo por ser considerados raros o losers, hasta que este lado oscuro igualmente muy vinculado a la narrativa de la época estalla de manera violentamente atroz (y absolutamente injustificable). Aun así, si quisiéramos una versión inmejorable de las emociones que incuban dicha rabia homicida podríamos mencionar la música de Nirvana, no como elemento que fomenta la violencia sino como encapsulamiento lacerante de la angustia y la alienación que experimentan los adolescentes gringos, que en sus casos más patológicos desembocan en estas matanzas sistemáticas.
Así que quizá en lugar de entregarnos alegremente a la proyección y sus distintos grados de violencia, haríamos mejor en pensar colectivamente cuáles elementos arquetípicos de la narrativa de la época alimentan nuestras sombras, pues probablemente guardan una relación más directa de lo que estamos dispuestos a aceptar con muchos de los aspectos de la realidad que tanto denostamos.
Eduardo Rabasa