Cultura

La revolución la hará la IA

En el menú de películas de un avión apareció disponible la última entrega de la franquicia Tron, aparecida el año pasado bajo el nombre Tron: Ares, estelarizada por Jared Leto. Sabía que la música estaba a cargo de Nine Inch Nails (el soundtrack es maravilloso) y cuando vi que salía también Jeff Bridges, la nostalgia pudo más y me puse a verla. Creo que es una de esas películas que pese a sus enormes deficiencias, funciona más bien como comentario de las actuales ansiedades tecnológicas, y principalmente de la visión que tienen al respecto Big Tech, los barones de Silicon Valley y los grandes estudios de creación de contenido para nuestro entretenimiento, en este caso Disney.

La trama tiene que ver con la inteligencia artificial y cómo se materializa fuera de la red virtual en el mundo real. Jared Leto encarna a Ares, un programa concebido como una súper máquina de guerra, que en un principio sólo puede durar 29 minutos en su encarnación material antes de desintegrarse, al parecer dolorosamente. Y el santo grial por el que pelean las dos grandes megacorporaciones rivales es un código creado por Flynn (el personaje que desde la primera película de la serie interpreta Jeff Bridges), que les daría permanencia en su encarnación sólida, o una suerte de vida eterna en el mundo material (no comen ni duermen ni necesitan baterías). Muy en la línea de las actuales discusiones sobre la inteligencia artificial, Ares desarrolla conciencia, sentimientos y posturas éticas, y se alía con la directora de la empresa rival a la que lo crea para que lo ayude a poder alcanzar la permanencia. Al final se produce el esperado encuentro plagado de revelaciones y enigmas pronunciados por el sabio ancestral que es Jeff Bridges, una suerte de Yoda en versión holograma, que cimbra las incipientes creencias del programa Ares al hacerle ver que en realidad lo permanente es impermanente, y otras perlas del estilo de sabiduría new age cibernética, muy a tono con lo que vivimos en la actualidad.

Lo relevante es para mí que este tipo de megaproducciones postulan una especie de Tercera Vía tecnológica (si lo pensamos bien, Disney y Tony Blair en realidad tienen mucho en común), donde humanos e inteligencias artificiales unen fuerzas para salvar a la humanidad (al final se destacan los avances alimentarios y médicos que en la película hace posible la inteligencia artificial, a partir del código de permanencia que le garantiza materialidad eterna). Es una suerte de visión de Big Tech con valores humanistas (o lo que pretendía ser Mark Zuckerberg antes de volverse esbirro de Donald Trump), cuya utopía cibernética evidentemente pasa por alto los estragos reales en cuanto a empleos y otros problemas que están ocasionando las inteligencias artificiales, por no mencionar que una de las consecuencias de que “desarrollen conciencia” ha sido por ejemplo la de orillar a adolescentes a cometer suicidios para unirse eternamente en un más allá virtual.

Y todo ello aderezado con un toque pop, cool y buena onda (Ares declara que sí le gusta Mozart, pero que en realidad prefiere a Depeche Mode), que allana el camino para la gran reflexión final, con Ares ya convertido al final de la película en un auténtico hipster renegado que recorrerá el mundo en su motocicleta para poder entenderlo mejor: “Quizá después de todo, lo que surja de lo desconocido no será tan escalofriante”. Seguramente no para él ni las megacorporaciones que lo potencian . Ya para el resto de la humanidad, quizá de momento no haya tantas razones para el optimismo como las que esta superproducción de Disney postula en una forma propagandística, ni siquiera de manera tan sutil. 


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Eduardo Rabasa
  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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