Existe algo extraño en aquello que deseamos. Muchas veces no sabemos exactamente qué es.
Podemos describirlo, aproximarnos, construir una idea alrededor de ello, pero cuando intentamos señalar con precisión aquello que nos atrae, algo se escapa.
Como si el deseo necesitara cierta distancia para existir.
Vivimos, sin embargo, en una época que parece empeñada en eliminarla.
Queremos saber quién está detrás de una fotografía, qué ocurrió antes de una historia, qué piensa alguien, qué siente, qué hará después.
Las redes sociales han llevado esta necesidad de transparencia hasta un extremo curioso: conocemos fragmentos de la vida de personas a las que nunca hemos hablado.
Sabemos dónde estuvieron, qué comieron, con quién salieron, qué piensan o, al menos, creemos saberlo.
Y quizá ahí aparece un problema: cuando creemos conocer completamente algo, dejamos de imaginarlo.
Y cuando dejamos de imaginarlo, algo del deseo comienza a desaparecer.
Platón entendió que el deseo tiene una relación íntima con la falta. Deseamos aquello que no poseemos.
Pero quizá la ausencia no sea solamente una carencia.
Quizá también sea una condición. Lacan llevó esta idea hacia otro lugar al hablar del objeto a, ese objeto que no constituye exactamente aquello que deseamos, sino aquello que causa nuestro deseo.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es. No siempre deseamos el objeto.
Deseamos aquello que creemos que encontraremos en él. Una persona, una conversación, un viaje, una vida distinta. Incluso una versión de nosotros mismos.
El objeto parece estar ahí, frente a nosotros, pero el verdadero movimiento del deseo ocurre alrededor de algo que no conseguimos nombrar completamente.
Por eso el misterio resulta tan poderoso. Porque deja un espacio.
Un pequeño vacío que la realidad no termina de ocupar y que nuestra imaginación se apresura a llenar.
Una mirada que no entendimos, una respuesta que llegó demasiado tarde, un mensaje que terminó con un punto en lugar de una explicación, un silencio.
A veces basta eso. No necesitamos demasiado para comenzar a construir posibilidades.
El misterio funciona, entonces, como una especie de superficie donde proyectamos aquello que todavía no podemos saber.
Y quizá por eso idealizamos. No porque conozcamos demasiado a alguien, sino porque conocemos demasiado poco.
Completamos los espacios vacíos con nuestras propias expectativas. Inventamos significados, construimos futuros, convertimos una posibilidad en una certeza imaginaria.
El problema llega cuando descubrimos la verdad. Porque la verdad tiene límites.
La imaginación no. Aquello que durante meses parecía extraordinario puede volverse ordinario cuando finalmente lo conocemos.
La persona que parecía contener todos los misterios resulta ser una persona. La ciudad que imaginábamos perfecta tiene tráfico. La vida que creíamos querer tiene problemas.
El objeto que parecía contener nuestra felicidad resulta incapaz de entregarnos exactamente aquello que habíamos colocado dentro de él.
Quizá porque nunca estuvimos deseando solamente el objeto. Estábamos deseando el hueco que habíamos construido alrededor de él. Por eso hay misterios que no deberían resolverse inmediatamente.
No porque la ignorancia sea preferible al conocimiento, sino porque existen formas de conocimiento que destruyen aquello mismo que intentábamos comprender.
Hay preguntas cuya belleza depende de que permanezcan abiertas.
Hay personas que nos atraen, en parte, porque todavía no sabemos quiénes son. Hay futuros que nos entusiasman precisamente porque todavía no sabemos cómo serán.
He comenzado a pensar que una vida completamente explicada sería también una vida peligrosamente cerrada.
Porque cuando todo tiene una respuesta, pocas cosas pueden ser deseadas.
Necesitamos ciertos espacios sin nombre, ciertas puertas cerradas, ciertas preguntas sin resolver. No para vivir en la incertidumbre, sino para conservar la posibilidad.
Porque quizá el deseo no nace cuando encontramos aquello que buscábamos.
Quizá nace mucho antes, en ese pequeño instante en el que todavía no sabemos qué hay del otro lado.
Y tal vez por eso el misterio no sea la ausencia de una respuesta. Tal vez sea el lugar donde comienza el deseo.