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La Liturgia de los Falsos Santos

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Existe una forma de corrupción moral cuya gravedad suele pasar inadvertida precisamente porque se reviste de virtud. 

No es la del pecador abierto, cuya caída permanece expuesta ante la mirada de todos y cuya falta conserva, por dolorosa que resulte, una relación con la realidad. 

Mucho más inquietante es la condición del falso santo, quien ha decidido convertir una ficción en identidad y hacer de su preservación el principio rector de su existencia. 

Desde ese instante deja de perseguir la virtud para dedicarse a sostener una apariencia.

Paradójicamente, un pecador abierto puede resultar moralmente menos peligroso que un falso santo. 

Quien vive como un pecador abierto todavía conserva la posibilidad del arrepentimiento, porque la verdad continúa habitando, aunque sea incómodamente, en su conciencia. 

El falso santo, por el contrario, invierte años en construir una imagen inmaculada hasta terminar sometido a ella. 

Ya no actúa para ser mejor; actúa para impedir que el mundo descubra que la santidad que proyecta nunca fue otra cosa que una historia cuidadosamente construida.

Dostoievski comprendió que la mentira más devastadora no es la que se dirige a los demás, sino la que termina instalándose en la propia conciencia. 

Existe un punto en el que la simulación deja de ser una estrategia para convertirse en una forma de vivir. La máscara deja de ocultar el rostro porque termina sustituyéndolo. 

A partir de entonces cada decisión deja de orientarse hacia el bien y comienza a organizarse alrededor de una sola necesidad: preservar la ficción de la que depende la propia identidad.

La vida, sin embargo, posee una extraña insistencia en ofrecer ocasiones para reconciliarse con la verdad. 

Son momentos excepcionales en los que bastaría un acto de honestidad para desmontar años de simulación y recuperar el difícil privilegio de habitar nuevamente la realidad. 

No obstante, el falso santo, colocado frente a esa posibilidad, elige preservar la narrativa que mejor se ajusta a su glauca y falsa autopercepción. 

No porque desconozca la verdad, sino porque comprende que admitirla significaría perder el personaje cuya contemplación le resulta más soportable que el encuentro con quien realmente es.

En ese preciso instante el conflicto deja de ser únicamente moral. El problema ya no consiste en haber cometido una falta, sino en elegir deliberadamente la ficción cuando la verdad todavía permanece al alcance de la palabra. 

Resulta difícil imaginar una renuncia más profunda que aquella en la que alguien, teniendo la oportunidad de ser honesto, decide sacrificar la realidad con tal de preservar una mentira cuidadosamente edificada durante años. 

Hay errores que nacen de la debilidad; esta elección, en cambio, nace de la voluntad de proteger una identidad inexistente.

Quizá por ello nunca debería temerse la pérdida del estatus quo. El prestigio, la reputación, la admiración ajena e incluso la autoridad moral son construcciones profundamente frágiles. 

Ninguna merece ser preservada al precio de la verdad. 

El único temor realmente digno debería ser quedar definitivamente separado de ella.

La verdad posee una cualidad que ninguna mentira ha conseguido derrotar. Tiene la paciencia de aquello que no necesita ser inventado. 

Puede permanecer silenciosa durante años, tolerar el ruido de las apariencias e incluso conceder a la mentira una efímera sensación de victoria; sin embargo, siempre termina manifestándose. 

La verdad se asoma por las grietas de toda ficción con la serenidad de quien sabe que el tiempo siempre juega a su favor. 

Las grietas jamás aparecen en la verdad; aparecen, invariablemente, en la mentira que intenta contenerla.

Quizá por ello el falso santo produce una inquietud mucho mayor que el pecador abierto. 

El pecador abierto puede regresar porque jamás abandonó del todo la realidad; el falso santo, en cambio, necesita proteger un universo ficticio donde su inocencia permanezca intacta y, para conservarlo, termina sacrificando la honestidad, la memoria, la libertad y, finalmente, aquello que hacía posible distinguir entre su identidad y el personaje que decidió interpretar.

La auténtica virtud nunca ha consistido en parecer incorruptible. 

Consiste, más bien, en aceptar que ninguna reputación merece ser defendida al precio de la verdad. Porque al final no es el pecador abierto quien corre el mayor riesgo de perderse. 

Quien verdaderamente se extravía es el falso santo, pues la mentira que comenzó utilizando para convencer a los demás termina convirtiéndose en el único lugar desde el cual puede seguir contemplándose a sí mismo. 

Y pocas tragedias resultan más profundas que descubrir, demasiado tarde, que aquello que se protegió durante toda una vida no fue la virtud, sino la máscara.

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Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
  • Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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