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“Yo quería ser Chávez”

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SERIE PERIODÍSTICA “YO QUERÍA SER CHÁVEZ” / ROUND I

Óscar de la Hoya en su mansión en la cima rocosa de Las Vegas. Axel Pedraza
Óscar de la Hoya en su mansión en la cima rocosa de Las Vegas. Axel Pedraza

Óscar de la Hoya me recibió en su mansión en la cima de una colina rocosa de Las Vegas. Lo busqué para hablar de quien primero había sido su ídolo para luego convertirse en acérrimo rival. Habíamos quedado en que la entrevista sería sobre disciplina, técnica y destreza de Julio César Chávez, sin embargo, la conversa se fue moviendo hacia diversas esquinas del ring.

Cuando De la Hoya tenía seis o siete años de edad vio pelear a Chávez en un bar del Este de Los Ángeles, donde su papá bebía, gritaba y apostaba con otro grupo de mexicanos frente a la televisión. No recuerda cuál era el rival al que Julio venció esa noche pero lo que no se le olvida es la emoción de la gente. “Unos hasta estaban rezando, diciendo: ‘¡Por favor, gánale!’, ‘¡Noquéalo!’, ‘¡No me hagas perder mi dinero!’”.

De la Hoya era un niño boxeador. Desde los cinco años entrenaba entre peras y costales de un gimnasio de barrio. Sabía de box porque esa era la estirpe familiar. Lo que no sabía, hasta ese momento, era la devoción que un boxeador podía despertar. “Yo quería que la gente se sintiera así conmigo”.

Muchísimos años antes de ser el Golden Boy, ganar una medalla olímpica y diez campeonatos del mundo, De la Hoya quería ser Julio César Chávez.

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En los ochenta Chávez todavía no era la figura nacional que paralizaba a México cada vez que peleaba. Ya era, eso sí, un destacado boxeador joven nacido en Ciudad Obregón, Sonora, crecido en Culiacán, Sinaloa, e ídolo en Tijuana que estaba abriéndose paso en Los Ángeles, California.

“Toda mi familia sabía quién era Chávez. Era este campeón mexicano que venía de Culiacán, Sinaloa. Y había mucha pasión ya por él. Sobre todo cuando ganó el primer campeonato contra el Azabache Martínez, en el Olympic Auditorium de Los Ángeles. Eran tiempos muy emocionantes para el boxeo”.

No sólo en la casa del boxeador angelino y en los bares de su padre se hablaba de Chávez. Durante sus entrenamientos, De la Hoya recuerda que todo mundo hacía referencia al campeón mexicano. “Me decían: ‘Entrena como Chávez’, ‘Ten disciplina como Chávez’, ‘Dedícate al cien por ciento’, ‘Respira, come y duerme boxeo como Chávez’”.

Incluso, en las clases de las escuelas se hablaba y se ponía de ejemplo a Chávez los lunes después de sus peleas de fin de semana. “Los maestros llegaban a clases y nos platicaban la pelea. Nos decían: ‘mira, él hizo esto por esto, porque se preparó, entrenó, hizo su tarea y ganó’. Chávez estaba por todos lados: en la escuela, en el gimnasio, en la casa, en la televisión… Chávez era lo máximo”.

En esos mismos ochenta, De la Hoya comenzó a destacar en el ámbito amateur. Ganaba todos los Guantes de Oro y torneos nacionales que se le atravesaban. Su nombre sonaba en gimnasios y barrios del Este de los Ángeles, de tal suerte que un día lo buscaron porque Chávez necesitaba sparrings antes de su pelea contra Meldrick Taylor, quizá el boxeador más rápido de su camada. La esquina de Chávez quería jóvenes ligeros que pudieran ayudar al campeón a acostumbrarse a la velocidad de su próximo rival.

De la Hoya fue uno de los elegidos. El niño que había visto al campeón en un bar con su papá se iba a subir al ring con él.

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El joven angelino se subió al cuadrilátero con hambre de demostrar todo lo que traía, no solamente para ayudar a Chávez a entrenar. A sus quince o dieciséis años, siendo uno de los mejores amateurs de Estados Unidos, ya tenía orgullo y quería que se vieran sus dotes. “Yo estaba soltando las manos, le estaba tirando, pegando, hasta que Chávez dijo: ‘Ah, déjame aplacar a este mocoso, a este morrillo’. Y me pegó un derechazo que me tumbó. Aunque yo me paré rápido, la vergüenza que sentí fue única. Nunca olvidaré ese momento”.

El entrenamiento ocurría en un gimnasio encima de un restaurante. Había algo de público mirando a Chávez. Entre las decenas de personas, música de mariachi y ambiente festivo estaba Salma Hayek muy cerca de la esquina del campeón. “A Chávez le encantaba estar rodeado del público. Era muy cariñoso con su gente y la gente era muy cariñosa con él. Por eso lo admiraban mucho”.

La misma noche del entrenamiento hubo una cena. Aunque habían participado cuatro sparrings, al único que Chávez eligió para que los acompañara fue a De la Hoya. “Me sentí especial. Dije: ‘quizá hice algo bueno como sparring, le gustó cómo peleo. Y fui al restaurant con mi papá y mi entrenador y tuve la oportunidad de convivir poquito con Chávez. Me dio consejos. Me dijo que qué bueno que era fuerte y rápido y eso fue una gran motivación para mí”.

Chávez lo había mandado a la lona en la mañana y en la noche lo había invitado a cenar para reconocerlo y darle consejos. “Por eso Chávez era el rey de México. Era muy cariñoso”.

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Semanas más tarde, el 17 de marzo de 1990, Chávez se enfrentó a Taylor en Las Vegas. De la Hoya vio la pelea en el Este de Los Ángeles en casa con su familia. Taylor era extraordinariamente rápido. Casi toda la pelea golpeó a Chávez y ganó todos los rounds. Sus familiares estaban llorando y De la Hoya estaba triste, aunque analítico. “A mí me encantaba estudiar al peleador y yo sentía que algo iba a pasar, que algo iba a suceder aquí”.

Cuando llegó el último round, pese a que Chávez iba perdiendo, no dejaba de pelear. En los segundos finales, el sinaloense encontró la distancia correcta y, con una fuerza insospechada soltó un derechazo que tumbó a Taylor. El campeón olímpico se levantó desorientado y el referí Richard Steele detuvo la pelea cuando quedaban dos segundos en el reloj. De la Hoya recuerda aquel momento y se emociona de nuevo. “Te lo juro: podías escuchar a toda la vecindad del Este de Los Ángeles gritando al mismo tiempo”.

Le pedí que explicara de manera sencilla esa gloriosa pelea a alguien que no supiera nada de box. “Fue como una película. Fue como Maradona y la Mano de Dios. Algo de Dios le dio el poder, la energía para noquear”.

Después de esa pelea contra Taylor, Chávez dejó de ser sólo el gran boxeador que De la Hoya y muchos jóvenes boxeadores querían imitar. Chávez empezó a volverse una auténtica leyenda. 

(CONTINUARÁ…)


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Diego Enrique Osorno
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