Hace unos tres años conocí en persona a Julio César Chávez en Tijuana, a través de Marie Jeanne Kushfe y Dayana Rodrígues. Tras pasar un día con él y sus managers Carlos Peña y Edoardo Chavarín, primero comiendo mariscos en su restaurante favorito, Villa Marina, y luego en su departamento, charlando de nuestras mamás, papás, hijos, amigos y enemigos, me emocionó conocer al boxeador mexicano más importante de todos los tiempos, pero lo que me cautivó aún más fue vislumbrar el testimonio de un hombre que se presentó ante mí como un adicto en recuperación que había sobrevivido por igual a una serie de batallas épicas y ominosas a lo largo de su vida.
Creo que a los mexicanos de mi generación Julio nos parecía una figura invencible. Millones celebrábamos en los noventa sus victorias como si fueran nuestras. Ahora sé que durante ese tiempo él libraba peleas íntimas aún más cruentas y estremecedoras. Cuando empecé a documentar su vida, entendí rápido que mi trabajo como escritor y director no era tratar de abordar esas contradicciones desde afuera, sino intentar conocerlas a través de la única voz que realmente podía contarlas de forma honesta: la suya.
No quería hacer una hagiografía de Julio ni otra biografía que lo volviera un monumento de cartón piedra o una caricatura (ambas cosas ya las tiene Julio y vayan que son espantosas). Lo que buscaba era transmitir el drama humano que me había desvelado su presencia: el de un boxeador capaz de platicar con pulsión visceral de su agonizante pelea contra Meldrick Taylor y, al mismo tiempo, el del hombre caído que miraba de frente sus derrotas sin esconderse detrás de la leyenda que ya es. Quería profundizar en eso y otras cosas que apenas alcanzaba a atisbar mi mirada: el hijo consentido, el padre atribulado, el héroe venerado por tirios y troyanos del Estado, el Mercado, la Mafia, el Pueblo…
La realización de esta misión coincidió con el momento más duro de mi vida. Mientras iba filmando a Julio y sus peleas, tuve que atravesar pérdidas, despedidas y una inevitable necesidad de comenzar de nuevo. Sin proponérmelo -¿o quizá sí?- hacer esta serie terminó siendo una búsqueda de la capacidad o incapacidad humana de seguir adelante en medio del dolor.
Chávez vs. Chávez está planteada como un viaje por la mente y el cuerpo de Julio. En medio de sus batallas, recuerdos y testimonio directo aparecen las voces e imágenes que lo marcan: las de su madre, doña Isabel González y su padre, don Rodolfo Chávez; las de sus hijos Julio César Jr. Omar, Cristian y Nicole; sus hermanos Rodolfo, Rafael, María y Polo; su esposa Myriam Escobar y su ex pareja, Amalia Carrazco; su nuera, Frida Muñoz; sus amigos Gámez, Pablo González, René Pineda y Mauricio Sulaimán; su esquina, Víctor Virgen, Sergio Sandoval, Cristóbal Rosas, Ramón Félix, José María Martín “El Búfalo”; sus impulsores Don King, Carlos Salinas de Gortari, José Sulaimán, Emilio Azcárraga Milmo y Benjamín Arellano Félix; y las de otros campeones como Mike Tyson, Óscar de la Hoya, Saúl “Canelo” Álvarez y, el rey de todos, Muhammad Ali.
Siguiendo los vestigios de la memoria de Julio, filmamos en Culiacán, Tijuana, Hermosillo, San Diego, Los Ángeles, Miami, Las Vegas, Guadalajara, Madrid, Ciudad de México y Temoaya, Estado de México, así como también hicimos una búsqueda incesante entre cientos de horas de archivo televisivo, familiar y boxístico. Toda una travesía bajo la producción de Carlos Sosa y Tania Regalado, con un numeroso y talentoso equipo de Detective, Viento del Norte y N+Docs.
Después de estos años siguiendo a Julio, comprendí que millones de mexicanos inventamos un Chávez que no podía ni debía perder. Ahora toca mirar al hombre que obligamos a vivir dentro de esa figura y preguntarnos por qué necesitábamos tanto que fuera invencible. A partir del 11 de septiembre, Chávez vs Chávez estará disponible en Vix.