Policía

Un drama mexicano

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Érase una vez en los años 90 un mexicano que se subía al ring a pelear con un país entero detrás de él. Nacido en una casa humilde de Ciudad Obregón, Sonora, Julio César Chávez entrenaba en un gimnasio de Tijuana, visitaba la residencia oficial de Los Pinos, parrandeaba en algún rancho de Sinaloa o caminaba por un casino de Las Vegas rodeado de reconocimiento, cariño y admiración unánimes, porque su presencia ofrecía a la patria la certeza de que siempre iba a ganar.

El viernes 11 de septiembre se estrena Chávez vs. Chávez, una serie que al realizarla me permitió documentar la vida de Julio y, a través de ella, una parte de nuestra atribulada realidad nacional. Aunque comienza en 1980 y llega hasta este 2026, la historia transcurre principalmente en el México presidencial de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, los años de la apertura mexicana al mundo, del último PRI omnipresente, Televisa como constructora del relato nacional y la economía criminal creciendo a la par de la integración con Estados Unidos y Canadá.

Julio se movía por todos esos mundos de manera orgánica. Uno puede ver en archivo y saber a través de su testimonio cómo se codeaba con presidentes, empresarios, políticos, estrellas de la televisión, criminales y jóvenes de barrio. En su momento más alto, Julio podía ir de una reunión con capos del narco a una cita presidencial, teniendo en medio de ambas sendos baños de pueblo en calles de Culiacán o Ciudad de México.

Todo México estaba rendido ante Julio, porque nos hacía sentir que éramos invencibles como él. Sus noventa peleas sin perder, los campeonatos mundiales que iba acumulando, las peleas épicas de septiembre en Las Vegas, el Récord Guinness del Estadio Azteca, las multitudes luchando por ver sus peleas a través de las rendijas del Pay Per View. Julio nos acostumbró a ganar y luego la costumbre se volvió exigencia, porque un campeón, como un caudillo, simplifica el mundo. Ya luego descubrimos que el hombre fuerte, al igual que el país y nosotros, también se podía caer. Dicha contradicción humana está en el corazón dramático de Chávez vs. Chávez.

Pensé que lo mejor era que Julio contara de manera directa su propia historia, no porque su versión sea necesariamente la verdadera en todo —no creo que ninguna memoria, por más honesta, sea capaz de tenerla—, sino porque desde que dejó las drogas, uno de sus afanes ha sido el de intentar ordenar su pasado tanto glorioso como atribulado. En la serie, Julio recuerda, contradice, explota, acusa, se defiende, hace autocrítica, mienta madres, reivindica y pelea contra sí mismo, en medio de un coro de voces cercanas y legítimas que lo acompañan y, en ocasiones, lo confrontan.

En ese viaje que hizo el propio Julio a través de su mente se fue desvelando una educación sentimental bastante mexicana. La de aguantar golpes, hambre, miedo, dolor, el no rajarse y el no llorar. Esa misma educación que forjó las emociones del mayor boxeador mexicano de la historia iba destruyendo también al hombre. Una masculinidad que lo hacía cargar sobre sus hombros la expectativa de un país entero le servía arriba del ring, pero abajo era una condena terrible.

Algo que me intriga al volver al México de finales del siglo pasado de la mano de la figura de Chávez no es su extraordinaria popularidad, sino esa unanimidad casi imposible de todas las clases sociales a su alrededor. En el México polarizado de hoy, aquella comunión que despertaba Julio parece pertenecer a otro mundo, algo que tampoco estoy seguro si debemos extrañar o no.

El ascenso, la cima, la caída, la resurrección, y la gloria y penitencia forman parte del drama de Julio que intenta relatar Chávez vs Chávez. También forman parte de ese otro drama más grande llamado México.


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Diego Enrique Osorno
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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