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“Todos querían algo de Chávez”

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SERIE PERIODÍSTICA “YO QUERÍA SER CHÁVEZ” / ROUND II

El californiano describe al boxeador nacido en Sonora como “un asesino bien calladito”. Áxel Pedraza
El californiano describe al boxeador nacido en Sonora como “un asesino bien calladito”. Áxel Pedraza

Óscar de la Hoya sigue rememorando los tiempos en los que se hablaba en los gimnasios de Los Ángeles no sólo de las peleas de Julio César Chávez, sino de una preparación tan ardua y rigurosa que era lo único humano que podía explicar el viraje final de la legendaria pelea con Meldrick Taylor, en la que estuvo cerca de la derrota, incluso de la muerte.

“Escuchábamos del Otomí, de las concentraciones aislado de todo que duraban dos o tres meses en esas montañas, sin familia ni amigos, bien concentrado, entrenando y consiguiendo óptimas condiciones. Chávez trabajaba al máximo”.

El Centro Ceremonial Otomí, ubicado en las montañas de Temoaya, Estado de México, se volvió un centro de alto rendimiento gracias a Chávez. Ubicado a casi 4 mil metros de altura, era el principal sitio de preparación del campeón mexicano en su mejor momento.

Luego, recuerda también De la Hoya, comenzaron a llegar historias distintas sobre Chávez. Relatos de reuniones apoteósicas en Culiacán, de parrandas interminables en Tijuana y de fiestas con famosos en la Ciudad de México.

“Un entrenador que tuve me platicó que Chávez llegaba de noche, pero se levantaba temprano a correr. Se iba de fiesta, se iba a donde se iba y llegaba a las dos, tres, cuatro de la madrugada, pero a las seis estaba listo para correr. Como quiera tenía esa disciplina, como te digo, fue un trabajador de lo máximo. Él quería ser grande, quería ser lo máximo del boxeo y obviamente lo logró”.

                                        ***

El 12 de septiembre de 1992, Julio enfrentó a Héctor El Macho Camacho en Las Vegas. Camacho era un puertorriqueño hablantín, extravagante y uno de los boxeadores más populares de la época. En el ring también estaba en juego una vieja rivalidad boxística entre México y Puerto Rico.

“Decían que los boxeadores puertorriqueños eran habladores, puro hablar y hablar. Y estaba El Macho Camacho, el gran bocón, pero que sabía boxear y que nunca había perdido. La pelea fue muy vista a nivel internacional”.

Julio ganó ampliamente y su victoria aumentó aún más su popularidad, una popularidad que De la Hoya entendería bien varios años después, cuando le tocó vivir a él su propia fama y la presión que ésta es capaz de generar.

“Yo me imagino la presión que estaba sintiendo Chávez después de ganarle a Meldrick Taylor. La presión de la gente, del público, de la familia, del presidente, de los narcotraficantes en Culiacán… Todos querían hacerse amigos de Chávez para estar cerca de un héroe, de una figura máxima del boxeo.

“Yo no me puedo imaginar esa presión que Chávez estaba sintiendo. No solamente de su familia, de los fans, sino de los políticos y de todo el mundo. No sé cómo lo aguantó, no sé cómo no se volvió loco”.

Le pedí a De la Hoya que platicara un poco más de esa paradoja de cómo el ser aparentemente muy querido se vuelve una especie de condena. “Te encanta, te fascina el desmadre, te fascina que la gente te quiera. Hay presión negativa y presión positiva. La negativa es la gente siempre encima de ti, siempre queriendo algo: ‘Chávez, hazme esto’, ‘Chávez, por favor, dame dinero’. Y la otra presión es la que te pones tú mismo.

“Tienes que ser perfecto, tienes que entrenar más fuerte, porque no puedes perder. Imagínate que para todo el mundo no puedes perder, pero esa presión te la vas poniendo tú mismo”.

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Cinco meses después de derrotar a El Macho Camacho, Chávez volvió a México para una pelea de récord mundial Guinness en el Estadio Azteca. Organizada por Don King y Emilio Azcárraga Milmo, con la mediación de José Sulaimán, el impulso de Carlos Salinas de Gortari y la presencia en primera fila de Francisco Arellano Félix, el combate generó una expectativa imposible de repetir.

El rival era un americano llamado Greg Haugen que durante la promoción sacó de sus casillas a Julio, al decirle que su récord de casi noventa peleas invicto se debía a que sólo peleaba con “taxistas de Tijuana”. Se prendió Chávez con eso y ahí comenzó la promoción. México se prendió también y estaba detrás de Chávez. El 20 de febrero de 1993, más de 130 mil personas abarrotaron el también llamado Coloso de Santa Úrsula.

“Queríamos que Chávez noqueara a Greg Haugen y lo hiciera sufrir. Porque estaba hablando de la raza, de la gente mexicana, de su país. Toda mi familia en Estados Unidos estaba apoyando a Chávez. Yo, viéndolo pelear ya como boxeador, veía el combate y decía que Chávez lo estaba haciendo sufrir”.

Haugen aguantó hasta el quinto round. “Ahí lo dejó Chávez tirado en la lona y la pelea terminó. Imagínate: de vuelta creció Chávez otras cien veces más grande de lo que ya era antes de pelear con Haugen”.

—¿Cómo describirías a Julio a una persona que jamás lo hubiera visto boxear?— pregunté.

—Para mí era como un asesino bien calladito. Un asesino calladito. Chávez se sube al ring y te da esa mirada que hace que te quedes paralizado. Realmente es una mirada fuerte. Yo la viví cuando estaba peleando con él. Y tienes que deshacerte rápido de esa mirada porque te trauma.

—¿Y técnicamente?

—Tenía manos pesadas. Una quijada de las mejores en el mundo, de la historia del boxeo. Mucho aguante, mucho aguante. El tren de pelea que tenía era único. No te dejaba respirar. Tú le pegabas y él seguía para adelante. Él te pegaba y te noqueaba. Era como un tren yendo hacia el frente sin parar.

—¿Cómo manejaste tú la presión cuando te tocó estar en una situación de reconocimiento parecida?

—Esa presión se maneja hasta cierto punto. Estás tratando de manejarlo y al mismo tiempo tienes que entrenar y enfocarte en tus peleas, en tus negocios. Tienes que complacer a tu familia, a tu fanaticada, pero llega el momento en el que explotas. Internamente te sientes vacío, te empiezas a preguntar: ¿quién realmente me quiere?, ¿quién está para mí?, ¿quién está sólo por la figura de campeón del mundo y quiere parte de mí? Te vuelves loco. Te quieres escapar y no puedes. No te puedes ir a otra ciudad, no te puedes esconder en un parque, no puedes ir a tu casa porque hay muchas personas esperándote, entonces te tienes que escapar internamente.

                                       ***

A principios de 1994, Julio César Chávez regresó a Las Vegas para pelear durante la inauguración del MGM Grand Arena. Llegaba con noventa peleas profesionales invicto para enfrentar a Frankie Randall, un boxeador desconocido. “Recuerdo haber pensado: ¿quién es ese morenito que no conozco? No se ve fuerte, no se ve como que le va a ganar a Chávez. Otra pelea fácil para Chávez, pero luego yo vi a Chávez y dije: algo tiene. Está muy distraído, está viendo al público, no está bien concentrado, quizá está confiado”.

La pelea inició y De la Hoya dice que comenzó a crecer esa sensación de algo que no había sentido en ninguna otra pelea de las que había visto antes de Chávez. Algo estaba cambiando en el campeón que había sido su inspiración e ídolo de niño.


(CONTINUARÁ…)




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Diego Enrique Osorno
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