Policía

Marcos McCoy

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M+. En Roswell hay extraterrestres de plástico junto a máquinas de hielo. Los venden en llaveros, camisetas y tazas. Aparecen en anuncios de neón a la intemperie bajo el sol despiadado del desierto.

Por las carreteras de Nuevo México avanzas horas y horas y el paisaje no cambia, solo el ritmo de los pensamientos, la divagación existencial. Esa soledad de uno mismo y esa soledad del mundo actual. Mi hijo maneja la camioneta dragón entre dunas blancas que forman una playa de nieve junto al mar prehistórico.

¿Cómo vinimos a dar a Alamogordo? Hay otros mundos pero están en este, dijo Bierce o Eluard, no lo sé, porque un calor tan extremo no me deja recordar bien quién lo dijo. Quizá Eluard, aunque Bierce es más fronterizo y ad hoc para este territorio (y para este texto).

White Sands en solsticio es un planeta que apenas está llegando a este sistema solar, ahistórico. Ahora me toca manejar a mí. Tucson se refleja en el cuerpo de agua de la alberca iluminada del Hotel McCoy lleno de murales hipsters que no saben que lo son, de viajeros errantes como nosotros, de videojuegos del siglo pasado en los que Sub Zero y Raiden se enfrentan a muerte.

Otra comunidad efímera duerme y despierta hoy aquí. Tengo la tentación de escribir la palabra oasis en este momento de la madrugada, pero resisto. Quizá más adelante del viaje y de este texto surja de forma orgánica.

Al día siguiente otra vez estamos en Nuevo México. La misma carretera recta e interminable. Una vez más suena el disco Ram de Paul y Linda McCartney, previo a Wings. El único disco que permite a la camioneta avanzar algunas millas de estos lares y mares, al ritmo de “Monkberry Moon Delight”.

Llegamos así a Ruidoso, donde la gentil mesera de un restaurante mexicano pone un partido del Mundial en la pantalla llena de caballos cuarto de milla. Messi acaba de meter otro gol. Los gringos junto a nosotros cuchichean que Messi es brasileño. No quiero precisarles que es marciano (y Maradona interestelar). 

Salgo a caminar un rato antes de seguir recorriendo dos mil kilómetros del mapa de Sonora a Nuevo León, la ruta pendular del road trip. Me topo con un pino trasquilado y renovado en la forma de un pequeño alien montañés al que hemos puesto el nombre de Marcos McCoy.

De repente ya es de noche. Estamos llegando a Texas, después de atravesar los campos petroleros y el set de Landman. Así fue como apareció Pecos con su Rodeo Week que casi nos hace dormir en la batea de la camioneta, por la saturación de hoteles desprovistos de glamour galáctico. En 1883 se celebró aquí el primer rodeo texano, dice Google.

El desierto crece una vez más. Se fragmenta en millones de partículas invisibles de polvo terrícola pero nos mantiene unidos en el viaje que viene. La noche avanza y al fin aparece la palabra oasis.


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Diego Enrique Osorno
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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