Policía

La justicia no es para todos

SERIE PERIODÍSTICA “MUERTE SÚBITA”/ CAPÍTULO VII

Fotos y trofeos permanecen en el cuarto donde vivió el entrenador de tenis de mesa. Especial
Fotosy trofeos permanecen en el cuarto donde vivió el entrenador de tenis de mesa. Especial


La Patagonia es un confín del mundo. En el viaje hasta Neuquén recorro nueve mil kilómetros. Una tarde de octubre veo a Doelia, la madre de Mario Palacios Montarcé. Nubes de polvo cubren ocasionalmente la colonia Gregorio Álvarez, donde se ve uno que otro perro flaco vagando por las calles.

“A dos calles de aquí ya no entra la policía”, dice Doelia, señora bajita, de lentes y pelo al hombro, señalando al sur, donde hay barrios con casas hechas de hormigón, a la carrera, sin ningún esmero. La familia de Mario Palacios Montarcé reside en un Fonavi, un fraccionamiento popular construido hace años por Felipe Sapag, una suerte de cacique —hoy de más de noventa— que gobernó Neuquén durante veinte años.

Sigo a Doelia por el pasillo de la casa, rumbo al cuarto donde vivió Mario antes de viajar a México. Lo primero que veo al entrar son trofeos y una fotografía de Mario con una leyenda al lado que dice: “Profesor Mario Palacios Montarcé. Entrenador de tenis de mesa. Club Toluca, S. A. Toluca, México”.

—¿Entonces a usted no le gustaba el ping pong?— le pregunto a Doelia.

—Cuando yo jugaba, todos

se reían.

En ese momento entra Rodrigo Domínguez, el sobrino preferido de Mario, hijo de su hermana Mónica. Hurga en unos cajones y saca unas paletas “profesionales”, “no de corcho” —aclara—, que Mario les había regalado apenas en septiembre pasado, para ver si se interesaban más por el ping pong.

—¿Tú juegas tenis de mesa? —pregunto.

—No, pero algo hacemos acá. Cuando hace calor sacamos la mesa y todo. Éstas son unas paletas que, como no son tan buenas, dijo: “No, no puedo jugar con estas” y las dejó acá.

—¿Esta foto que está acá, él la trajo de Toluca? —le digo señalando la foto del Club Toluca.

—Sí, él la trajo —responde Doelia.

—¿Él se ejercitaba en esa

caminadora?

—No, ésa era de mi abuelo. Mi abuelo hacía ejercicio porque estaba enfermo del corazón y hacía ejercicio —contesta ahora Rodrigo.

Sigo observando. Me topo con una alcancía hecha con un coco, con ojos y boca, una especie de chango gracioso, con la leyenda de Acapulco. Rodrigo se adelanta a explicarme que Mario la trajo a su casa una Navidad. Que les contaba que Acapulco era uno de sus lugares preferidos en México. Luego Doelia me enseña una manta que le regaló la mamá de Fernandito, el alumno más querido de Mario.

—El departamento donde vivía Mario era del hermano del papá de Fernandito. Lo primero que hizo el papá de Fernandito fue sacar todas las cosas de Mario y alquilar el departamento —dice la mamá del instructor.

—¿Y en este cuarto vivió Mario durante su adolescencia?

—Sí. Bueno cambiaron las cortinas... mi abuela cambió las cortinas y el acolchado, pero la habitación era más o menos así; había unos banderines colgados que cuando se fue a México se los llevó.

Rodrigo muestra un par de banderines con el estilo de los que Mario tenía en la pared de aquella habitación. Uno de ellos tiene la leyenda: “Federación Argentina de Tenis de Mesa”.

—¿Cómo era la rutina de Mario antes de irse a México?

—Mario dio clases en el Club Pacífico cuando recién empezó su carrera. Estuvo en Ruca Ché los últimos días. Y también estuvo en el CEF, que es un centro de deportes, Centro de Educación Física —dice Rodrigo Domínguez.

—Sí, nosotros teníamos un cochecito en el que andaba él —secunda Doelia.

—¿También trabajaba en cosas de mecánica?

—De herrería. Hacía vallas, las vallas para que no se alcen las pelotitas, las hizo él —responde

el sobrino.

—Como me las estaban robando, las regalé porque tenía ciento veinte vallas hechas por Mario —apunta Doelia.

—Mario hizo también El Chino, el tacho de basura que está afuera de la casa —presume Rodrigo.

Rodrigo se refiere a una especie de robot que está en la entrada de la casa. Cuando llegué, pensé de inmediato en las caricaturas de Los Supersónicos y en una sirvienta que tenían. En la panza, el artefacto sostiene un cesto donde se colocan las bolsas de basura. El tacho del que habla Rodrigo, es esta especie de “robotina”.

—Mira que se han querido robar a El Chino y no lo han hecho. No lo han podido quitar —me cuenta Doelia.

—¿Y cuando regresó de China, también trató de hacer un robot lanzapelotas?

—Ah, sí, el robot. Era como una pistola que jalaba para atrás y golpeaba la pelota, como una especie de cámara, pero con resorte. Pero sólo fue un intento; lo hizo pero no funcionó nunca —explica Rodrigo.

—Y cuando le dijo que se iba para México, ¿usted qué pensó, doña Doelia?

—No, pues él se fue. También estuvo en Chile, probando. Se iba a ir a España y después vio a México y se fue para allá.

—¿Y por qué decidió irse a México en lugar de España?

—Porque México está más cerca. Allá en China quisieron que se quedara, pero estaba muy lejos.

—Además, el problema con China era el idioma y que estaba muy lejos. Entonces optó por Chile, pero se truncó esa posibilidad. Tenía España o México. Finalmente se decidió por México porque está más cerca. Tienen costumbres parecidas a las nuestras; además Ringo, su primo, vivía allá. Roberto decía que por lo menos tenía un conocido. En España no conocía a nadie. Por eso optó por México —explica Rodrigo.

—¿Y desde México les llamaba con frecuencia por teléfono?

—Sí. Los domingos al mediodía y a veces entre semana.

—Nos contaba de Cuba, que una vez lo agarró un huracán y que tuvo que estar tres días dentro de un hotel, que no podía ni salir, cosas así. Llamaba desde Estados Unidos y también desde Alemania. Una vez fue a España también. Llamó de Sídney, cuando estaba en los Juegos Olímpicos. Ya nos había dicho que iba a ir. Llamó y nos dijo que estaba jugando allá, que estaba jugando muy bien. Más o menos le fue bien porque era muy buen nivel el de allá. Fue representando a la selección mexicana.

En la habitación, junto al camastro está el retrato barnizado de Mario jugando ping pong en Toluca. En el colchón, sobre una sábana amarillenta, descansa una maleta negra. Además, una simple bolsa de cartón. Doelia me pide que la abra: sentado en el camastro donde dormía Mario, veo anuncios de cursos de ping pong, copias de correos electrónicos personales dirigidos a mario_palacios_Montarcé@hotmail.com, tarjetas de presentación con el número de su celular (044722-1183228), una nota de Reforma con su foto, folletos de su Atos, copias de su CV, notas del Sol de Toluca donde Montiel y Versini entregan el premio a su alumno Fernandito, fotos con amigos, papeles del Instituto Nacional de Migración y una vieja cartera.

—Cuando usted se enteró de lo que pasó, ¿qué fue lo que…? —trato de preguntar.

De pronto, Doelia, de brillantes ojos rodeados de arrugas, se toca la frente y se suelta a llorar. El cuarto se sume en el silencio.

—Mi yerno viene y me dice: “No, no encontraron sangre para Mario”. En una ciudad como México, ¿cómo no van a conseguir sangre? Entonces salí corriendo a las seis de la mañana. Es impresionante, no se puede creer esto. Nunca me imaginé una cosa tan tremenda. Con lo que yo quería a Mario, impresionante. No sé, que me digan que estaba muerto… Usted perdone, pero no se puede olvidar una cosa así. Dios mío, no sé por qué dicen que existe dios. ¡Qué va haber Dios! Un chico como Mario, dónde. Pregunte por Mario y le van a decir que era un santo con toda la gente. Cuando me avisaron de su muerte a mí me mataron, me mataron… A mí también me mataron.

—La justicia no es para todos —vuelve a secundar Rodrigo.


(CONTINUARÁ…)


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Diego Enrique Osorno
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