Policía

Helicópteros en las casas

SERIE PERIODÍSTICA “MUERTE SÚBITA”/CAPÍTULO XI


Mario y pareja. Especial
Mario y pareja. Especial

No sabíamos mucho de sus novias allá en Toluca. Sabíamos que una que tuvo se fue a Canadá y que la otra se fue a otra ciudad ahí en México, porque la cambiaron de trabajo, pero él casi no contaba esas cosas. De lo que sí nos hablaba mucho era de sus viajes. Él viajó mucho estando allá, por cosas del club. Había ido a Nueva York una semana antes de que pasara lo de las Torres Gemelas y había ido también a Australia, a Sídney, a jugar con México —me cuenta Graciela Palacios, la hermana menor de Mario, en la cafetería Havanna de Neuquén.

—¿Qué más les decía sobre su vida en México?

—Él nos contaba que en México había mucha pobreza. Mario, además de trabajar en el Club Toluca, a veces iba a dar clases a discapacitados y a gente muy pobre que no tenía dinero; y a veces también impartía clases particulares en casas de gente muy rica de Toluca.

—¿Les decía a quién le daba clases particulares?

—Sobre las clases particulares Mario nos decía que tenía a una señora de unos sesenta años. La que le regaló un oso de peluche que está en la casa. Les daba clases también a niños que no podían pagarle y a gente que tenía mucho dinero. 

Nos decía: “Acá en México hay gente pobre, muy pobre, los más o menos y los que tienen helicópteros en sus casas”.

***

“No era un galán pero era muy coqueto y caía bien a las mujeres”, me explicó su amigo Aldo Dapozzo, entrenador de futbol de un equipo de primera división A. 

La psicóloga Jazmín López, joven de pelo largo y ojos grandes, abrió sus secretos: “Los besos de Mario eran muy suaves, acompañados con un abrazo fuerte y tierno”. Nos vimos después de esperarla un rato en una clínica que acababan de inaugurar el presidente Felipe Calderón y el gobernador Enrique Peña Nieto en Santa Cruz, cerca de Toluca. Ella trabaja ahí como auxiliar médico.

“Lo que más me gustaba de Mario, y de hecho fue por lo que empecé a salir con él, era por su calidad humana, además de que era muy gracioso. De hecho esa fue otra de las razones por la cual anduve con él. Cuando platicabas con él, aprendías y te la pasabas bien”, me dice.

La chica, a la que Mario le llevaba diez años de edad, recuerda que durante el cortejo, el instructor de tenis de mesa en una ocasión se metió a un Sanborns y le compró el libro ¿Quién se ha llevado mi queso?, el cual aún conserva como uno de los regalos más preciados que ha recibido.

“No tienes idea cómo era de humano. Le tenía mucho afecto a las personas de la tercera edad. Si alguien le pedía dinero, siempre le daba. Con los niños le pasaba igual. No éramos mucho de salir. Le gustaba ir al Café Cool y a La Fortaleza, un restaurante bar, y él iba mucho a La Esquina Gaucha, con sus amigos argentinos. Odiaba bailar, pero aún así me acompañó a mi ceremonia de graduación en la Facultad de Psicología”, cuenta. 

Otra de las cosas que más le gustaba hacer a Mario, recuerda Jazmín, era ir al cine. "Cuando vimos la película de El pianista se emocionó mucho. Me dijo que le había hecho recordar las experiencias de guerra que a él le habían tocado vivir durante torneos internacionales de tenis de mesa.

“Aunque ya no salíamos, cuando murió fui a las misas que hubo en la Iglesia de los Dolores y me pareció, además de muy triste, algo curioso, porque yo había soñado con él un día antes”.

—Qué piensas acerca de su muerte?—le pregunto.

—No sé. Mario me llegó a platicar que antes él había sido un poco mujeriego. Y en ese entonces se comentaba que había sido un crimen pasional. Yo no supe qué pensar. No lo sé todavía.

—Algunos directivos del club dicen que murió de forma accidental.

—No lo creo. Yo lo vi en el Semefo [Servicio Médico Forense] y tenía la herida que le hicieron en la cabeza.

***

He salido de la habitación de Mario en Neuquén. Camino hacia la sala donde Doelia y Rodrigo comienzan a explicarme los souvenirs que Mario les traía de sus viajes, en especial de México. 

Hay platos de cerámica con leyendas de otros países, fotografías en las que aparece Mario, y varias imágenes de la Virgen de Guadalupe y de algunos mariachis.

—¿La Virgen de Guadalupe la trajo Mario?

—Sí, ésa la tenía él acá.

—¿Estos niños quiénes son?

—Son los que vinieron ayer. Éste es Rodrigo— me dice Doelia.

—No se parece.

—Estaba gordito, comía mucho Gerber. Tenía el cabello largo.

—¿Y a usted le agradaba que Mario tuviera el cabello largo?

—Se lo cortaron en México.

—¿Y a usted le gustaba con el cabello largo o corto?

—Era igual.

—Aquí trae un acordeón, ¿no?

—Sí, pero era de juguete. 

—Ah. ¿Y estos chavos que están acá?

—Somos mi esposo y yo en Santiago. Con los sombreros uno se podía sacar la foto allá.

—Aquí está jugando, ¿no?

—Sí, ahí estábamos yo y los cuatro pibes en el coche. Esta foto es de cuando Mario era más chico. 

—¿Éste es el símbolo del apellido Montarcé?

—Es de Palacios. estábamos a punto de poner el de Montarcé, pero…

—¿Qué origen tiene el apellido Montarcé?

—Montarcé es de vascos franceses.

—¿Y esa cartera?

Doelia se queda callada.

—Esa cartera era de él —contesta el sobrino Rodrigo— Venía en sus cosas.

***

Mario habría coincidido con Maude Versini —a quien le llevaba siete años— el 20 de noviembre de 2002, cuando su alumno más destacado, Fernandito, recibió de manos de ella y del gobernador Arturo Montiel, el Premio del Deporte 2002, justamente durante la ceremonia oficial en la que se conmemoraba el aniversario de la Revolución mexicana.

“Esa ocasión era muy importante para Mario porque al reconocer a Fernandito lo estaban reconociendo también a él como entrenador —dice un amigo de Mario—. Ese día Mario se fue de la reunión de repente, sin avisar ni nada”. 

Hay quienes aseguran haber visto juntos a Mario y a Versini a principios de 2003. Fui remitido con el dueño de un restaurante del municipio de Valle de Bravo y con un mesero del mismo establecimiento —ambos pidieron el anonimato—, quienes recuerdan que “al menos en dos ocasiones” vieron solos a Versini y a un argentino. 

Les mostré dos fotografías del deportista: una en la que posa junto al arquero Cristante y demás amigos en el restaurante La Esquina Gaucha, y otra en la que aparece su rostro en primer plano, la típica foto de credencial. “Es él”, respondieron uno y otro sin dudar. 


(CONTINUARÁ…)


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Diego Enrique Osorno
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