Con la reedición de Caudillos culturales en la Revolución mexicana, la ópera prima de Enrique Krauze, aparecida en 1975, el Colegio Nacional arranca en orden cronológico la publicación de sus obras completas. Para ningún historiador o escritor es fácil mantenerse vigente durante medio siglo. Menos aún merecer el reconocimiento de la minoría ilustrada, y al mismo tiempo, cautivar al gran público. Maestro en el arte de la biografía breve, un género más difícil quizá que la biografía extensa, Krauze reivindica el papel del libre albedrío como fuerza motriz de la historia, a contrapelo de cualquier determinismo. Más que las hazañas bélicas le interesan las epopeyas paralelas a las luchas armadas que definen el destino de los pueblos, es decir, la tarea civilizadora de los héroes discretos que no figuran en el altar de la patria, pero educaron a los mexicanos o le dieron medios de subsistencia. Tal vez por eso su obra nos proporciona el mejor anticuerpo contra los usos políticos de la historia, vengan de donde vengan.
El libro que ahora vuelve a la circulación es quizá una de sus obras menos conocidas, pero a mi juicio, una de las más originales, porque en ella identifica un tipo de caudillismo forjado con las armas de la razón. Los caudillos del título son los intelectuales que intentaron encauzar la Revolución mexicana por el camino del progreso económico y la justicia social a partir de los años 20, cuando los generales victoriosos de la facción sonorense solo tenían dos prioridades: conservar el poder y ordeñar el erario. El proyecto original de Krauze fue escribir una biografía colectiva de Los Siete Sabios, un grupo de jóvenes talentosos formados en plena Revolución, que sobresalieron a temprana edad entre los alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria por su afán de transformar el conocimiento en acción. Todos fueron discípulos del filósofo Antonio Caso, una especie de Sócrates iluminado que fungía como líder moral y agitador de conciencias. Los avatares de la investigación lo llevaron a concentrarse en dos actores protagónicos: Manuel Gómez Morín y Vicente Lombardo Toledano, constructores ambos de instituciones que han resistido el paso del tiempo. Gómez Morín fundó el Banco de México y el Partido Acción Nacional; Lombardo, el Partido Popular Socialista y la CTM. Patriarcas de las fuerzas políticas que hasta la fecha se disputan la conducción del país, sus vidas le conciernen de manera directa al lector contemporáneo.
Quizá el capítulo más conmovedor del libro es la descripción de sus dificultades para estudiar en medio de la batahola revolucionaria, cuando tenían que asistir a clases en medio de balaceras y cañonazos, las espaldas pegadas a las paredes, sin atreverse a cruzar el Zócalo por miedo a que les tocara una bala perdida. A partir de las 6 de la tarde tomaban clase con velas, en una atmósfera “de homilía y catacumbas”, como apunta Krauze. No fueron indiferentes a los ideales justicieros de la Revolución: los compartían desde su trinchera, sabiendo que a ellos les correspondía edificar un orden más próspero y justo sobre las ruinas del porfiriato. Más tarde, cuando empezaron a colaborar en la administración pública, en calidad de asesores o consejeros de los militares en el poder, entendieron que la fiesta de las balas prolongada en los años 20 por la guerra fratricida entre Obregón y sus antiguos lugartenientes los colocaba en un grave dilema: abstenerse de hacer política o tomar partido por alguno de los bandos en pugna.
Si bien Lombardo transitó del cristianismo al marxismo, y su condiscípulo Gómez Morín se inclinó por la eficacia económica del liberalismo, Krauze advierte una diferencia quizá más importante entre sus dos tipos de apostolado, al señalar que Gómez Morín fue por encima de todo un ingeniero social, un creyente en las bondades de la pericia técnica aplicada a resolver los grandes problemas nacionales, mientras que Lombardo buscaba radicalizar la Revolución mexicana en favor de la clase trabajadora. Pero hay un lazo de unión entre ambos que Krauze atribuye a la influencia de Antonio Caso: su afán por construir un liderazgo ético. En un país democrático, los dos debieron de haber llegado a la Presidencia, pero en el régimen autoritario y corrupto que trataron de reformar, ninguno alcanzó jamás una cuota de poder suficiente para poner en práctica sus ideas. Lo que sí lograron fue sembrar la semilla de pluralismo que a la postre forzó la apertura del régimen.
Es un signo alentador que hoy en día, cuando los herederos de Lombardo amenazan con avasallar a los de Gómez Morín, el Colegio Nacional contribuya a preservar, sin distingos ideológicos, la línea de continuidad entre los arquitectos de nuestra cultura que la obra de Krauze ha prolongado en el siglo XXI. _