Cultura

Hombría otoñal

Mauricio Ledesma
Mauricio Ledesma

Desde niño supe que nunca sería un macho alfa, porque a diferencia de mis compañeros de escuela, fanáticos del automovilismo, nunca me interesó examinar el motor de un coche, ni soportaba las tediosas carreras de fórmula uno. Nada más opuesto a mi sensibilidad que mancharme las manos de grasa para cambiar una bujía. Ignoraba cuántos cilindros tenían los autos deportivos y jamás me tentó la idea de manejar un Mustang con rines de magnesio. Mis condiscípulos hacían gala de una virilidad sobreactuada, pero el olor a gasolina los excitaba más que el perfume de una mujer.  Un adolescente como yo, retraído y aficionado a la lectura, que para colmo se juntaba con otros bichos raros, representaba un blanco fácil para los bufoncillos de la clase. A nadie le gusta ser objeto de escarnio, pero yo lo preferí a fingir que me apasionaba el vértigo de la velocidad.

Renegué de mis principios cuando la pesadilla del transporte público me obligó a manejar un carro, es decir, a cambiar el hacinamiento de cuerpos por el hacinamiento de lámina humeante. Soy un automovilista neurótico y miope, de los que ponen a los demás en peligro por su excesiva cautela. Si no viviera en México, donde cualquier lego en la materia puede obtener una licencia de manejo, me habría resignado a ser un sufrido peatón. Como Blanche Dubois, recurro a la bondad de los extraños cuando mi auto sufre averías de cualquier índole, pero los extraños ven con recelo a un sujeto blandengue que ni siquiera sabe cambiar una llanta. Aceptan esa minusvalía en las mujeres, no así en un varón incapaz de realizar las tareas propias de su sexo. 

Algunos taxistas me han cambiado llantas a cambio de una módica remuneración, pero advierto en su actitud un justo desprecio a mis melindres de zángano. Y en situaciones críticas ni siquiera he podido contar con su auxilio. Un triste domingo, cuando quería sacar el auto del garaje para ir a una comida, descubrí que tenía ponchada la llanta trasera del lado derecho. Como las vulcanizadoras estaban cerradas y en el sitio de taxis nadie contestaba el teléfono, mi esposa Rocío me exhortó a cambiar la llanta con mis propias manos: ya es hora de que te fajes los pantalones, añadió con sarcasmo. No tuve agallas para complacerla, entre otras razones, porque estaba crudísimo (en aquel tiempo todavía jugaba al poeta maldito) y con el pulso trémulo jamás hubiera podido zafar un birlo. Después de un largo predicamento se me ocurrió una cómoda solución:

—Mejor dile al vecino de abajo que ando de viaje y con tu mejor cara de víctima pídele por favor que te cambie la llanta.

Siguió mi consejo, y a la media hora, avergonzada por el engaño que la obligué a cometer, volvió con la buena noticia de que el vecino me había hecho el trabajo sucio. En el pecado llevé la penitencia: horas después, tras habernos cerciorado de que el vecino había salido, Rocío y yo nos subimos al coche para ir a la comida, con nuestra hija pequeña en una silla de seguridad y cuando apenas habíamos recorrido medio kilómetro, al dar vuelta en avenida Pacífico se nos zafó la llanta recién cambiada. Todavía me hiela la sangre el olor a chamusquina y el chirrido del disco arrastrado en el pavimento. Si el accidente ocurre en una vía rápida nos hubiéramos matado. ¿Supo el vecino que yo estaba en casa? ¿Cambió la llanta mal a propósito para darme un escarmiento? ¿Actuó de buena fe, pero era igual de torpe que yo? Nunca lo sabré.

Viví muchos años con ese remordimiento, pero la vida brinda a todos los cobardes una oportunidad de limpiar su honor. La mía llegó antier, cuando ya me creía condenado a perpetua ignominia. Regresaba de Acapulco con mi anciano padre, y su esposa, veinte años menor, que venía manejando su camioneta. A la altura de Tierra Colorada se nos reventó una llanta al caer en un bache, lejos de cualquier población donde alguien pudiera socorrernos. En vano clamé al cielo para que pasara un ángel verde de la Secretaría de Turismo. Pedir auxilio con una bandera roja hubiera sido una imperdonable mariconada, y si acaso alguien se detenía, ¿cómo explicarle mi tara genética?  

Presionado por la autoridad de mi padre, no tuve más remedio que coger el toro por los cuernos. Tardé siglos en hallar el marco metálico del chasís, pero gracias a las instrucciones de mi papá, él sí un varón aguerrido con larga experiencia en esas lides, logré colocar el gato después de varios intentos. Luego vino lo más difícil: darle vuelta a la manivela sin espacio para maniobrar en la cuneta, los nudillos pelados y sangrantes por el roce con la carpeta asfáltica: una justa expiación por tantos años de indolencia. Al terminar la faena, cuando apreté los birlos con reciedumbre, me sentí un émulo de Cutberto, el inmortal mecánico interpretado por Pedro Infante en El inocente. Que mi experiencia sirva de ejemplo a otros pusilánimes como yo: nunca es demasiado tarde para hacerse hombrecito. 

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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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