Al inicio de este siglo XXI era otra la expectativa que recorría al mundo. Buscando entender el presente, retomo mis apuntes de un viaje hecho hace 20 años, durante el cual se sentía crecer el malestar global por la hegemonía estadunidense.
El mundo de aquel entonces, por más sombrío y turbio que pareciera, no era el mundo apocalíptico de hoy.
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Gina es escéptica de que Lula logre algo trascendental para Brasil, pero su padre opina lo contrario. Juega con el bordado de American Airlines que orgullosamente porta en su uniforme mientras camina rumbo a la sala especial donde los viajeros sin visa de ingreso esperan la llegada de un vuelo hacia cualquier parte lejos de “la tierra prometida”.
El aeropuerto de Fort Worth, ubicado en las afueras de Dallas, es uno de los más importantes de Estados Unidos. Cuando George W. Bush fue gobernador de Texas experimentó un notable relanzamiento, entre otros factores, debido a la promoción que hizo entre los principales empresarios de todo el país. Sus instalaciones son modernas. Existe un cómodo flujo de pasajeros aderezado por un simpático trenecito interior, pero lo que definitivamente sobresale a simple vista es el dispositivo de seguridad: 349 cámaras de video instaladas prácticamente por todo el inmueble, sistemas de acceso computarizados y guardias refinados pero malencarados, crean un ambiente donde es fácil sospechar que el hombre de negro que mira con seriedad ataviado en una gabardina azul marino, podría ser un terrorista.
“La paranoia ha disminuido en los últimos meses”, me comenta uno de los vigilantes que ha pedido a un hombre calvo, de tez morena y barba cerrada que se quite los zapatos para revisárselos. “Después del 11 de septiembre les quitábamos los zapatos a todos”, apunta. Y Gina sonríe ante el comentario. Ella sigue caminando hacia el confinamiento para los viajeros en tránsito, donde dos turcos, una argentina, otro mexicano y un silencio de capilla aguardan.
Para que el tiempo pase más rápido, en el recinto hay varios televisores con la programación de CNN y las clásicas revistas estadunidenses, entre las que sobresale el Newsweek de la semana que difunde en su portada un reportaje especial sobre las opiniones que tienen diversos personajes en torno al sentimiento antiestadunidense que ronda el planeta.
Por ejemplo, el ex presidente de España, el socialista Felipe González contestaba así a la pregunta del influyente semanario: “La paradoja se hace patente en que la solidaridad mundial con Estados Unidos después del 11 de septiembre fue tan grande como el salvajismo de los ataques. Pero el gobierno de Estados Unidos ha disipado estos sentimientos. Su arrogante unilateralismo está inquietando al mundo. Definir los ataques terroristas como actos de guerra, facilitó emprender operaciones militares con el respaldo de las Naciones Unidas. Pero Estados Unidos confunde el terrorismo con los preceptos de una guerra clásica, con los cuales no tiene nada en común. ¿Eje del mal? Una tontería”.
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Quizá porque es un lugar común pensar que de manera unánime Londres da su respaldo total a Washington o viceversa, el irreverente contenido del plantón que mantienen grupos altermundistas desde hace casi dos años frente al Parlamento inglés es un hallazgo extraño para los turistas acarreados por la elegante mística en torno al Palacio de Buckingham, la calle Picadilly, el Big Ben y otros sitios poco reflejados en la ristra de cartelones colocados frente al Parlamento Británico, donde abundan las imágenes de niños iraquíes deformados por las secuelas que dejó la invasión de EU a Irak ocurrida en 1992, así como los fotomontajes donde se da a conocer que George W. Bush es “el estúpido más buscado del mundo” o consignas igual de estridentes que, cuando menos, lo consideran “un lunático con armas”.
Pero lo que más abunda es la frase Stop the war colision.
Brian, quien ese 29 de diciembre de 2002 permanecía detrás del tendedero de cuestionamientos, se acerca para lanzar una mirada a los que a su vez lo miran. Cierra su puño izquierdo lentamente al tiempo que lo levanta. Aquello, se le avisa a uno, es una protesta elaborada desde el silencio. No obstante, al ver las cámaras fotográficas y una vieja grabadora reporteril, Brian quita la cinta adhesiva de su boca y empieza a cantar mal entonado una especie de himno por la paz del mundo. Al terminar señala con su dedo índice un pendón que solamente dice, pide: “No George, No George...”, junto con otro mensaje escrito en árabe y que según traductores consultados decía: “Nunca ha existido una buena guerra ni una mala paz”. Una frase atribuida a Benjamín Franklin.
Ese mismo día, The Financial Times publicaba un editorial en el cual hacía una severa crítica a las formas del discurso norteamericano en contra del terrorismo. “Árabes y musulmanes ven gran parte de lo que EU y el mundo occidental hacen o dicen como un intento de aplastarlos. El presidente Bush dijo tras el 11 de septiembre: “Nos odian por nuestras libertades”. Lo que odian no son las “libertades” de Bush, sino “la forma en que Occidente a menudo encuentra conveniente, política y comercialmente, apoyar a los déspotas árabes y musulmanes que niegan a sus pueblos esas libertades”, se comenta para luego dar pie a un consejo: “EU debería imitar un poco más a la UE en su política de ayudas. En lugar de financiar por ejemplo, el Ejército egipcio, debería destinar más dinero a promover la democracia, apoyar a la mujer y modernizar y ampliar la educación”.
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Charles de Gaulle está más tranquilo. No hay gente corriendo de prisa por los andenes como en el aeropuerto texano. Los empleados de las aerolíneas se dan tiempo para sonreír y platicar entre ellos largo rato con un dejo de desidia que molesta a una comitiva de ejecutivos coreanos deseosos de saber dónde está su equipaje. Los agentes franceses de migración no desentonan la orquesta del rélax que se vive. Apenas si revisan el pasaporte mientras dan los primeros bostezos de la noche.
Cerca de ahí queda el barrio de Galliani. Un suburbio de París que refleja casi todo lo que el turista promedio no espera ver en la Ciudad Luz. Ahí oscurece más pronto que en el resto de la ciudad porque el servicio de alumbrado público es tan deficiente como lo es en cualquier barrio latinoamericano. Ahí en Galliani también se encuentra la última estación del metro parisino, la cual, más que servir a pasajeros para realizar sus traslados, sirve a personas en situación de calle para sobrevivir unos días más en medio del frío que azota la ciudad durante este invierno.
El graffiti no falta en las paredes y las consignas antiyanquis mucho menos. Una de las empleadas que labora en el decadente Hotel Mister Bed Bagnolet, en el número 4 de la avenida General de Gaulle, cuenta en un extraño español: “Las personas de por aquí están molestas con todo, resentidas con todos, con el gobierno, con los ricos, con los franceses, con los extranjeros y por supuesto que también contra los americanos. Es un resentimiento que hay en todo París, pero que aquí es más evidente porque aquí está la pobreza de París”. Sin duda que Galliani no es Campos Elíseos, esos que tan llenos de gente sonriente estaban en el último día de 2002, celebrando así la llegada de un 2003 en que se presagia un inminente ataque de Estados Unidos al régimen encabezado por Sadam Husein en Irak. EU, se sabe ya, —respaldado por Inglaterra— va aumentando su presencia militar en la zona, no con la misma velocidad con que el rechazo a la guerra crece en Europa.
(CONTINUARÁ…)
Diego Enrique Osorno