Policía

Así se activó la operación


El Aeropuerto Internacional de Nuevo León fue inaugurado en 1972 en el entonces pueblo de Apodaca, hoy parte de la metrópoli de Monterrey. En ese lugar que todavía olía a nuevo fue orquestada la operación de los jóvenes que formaban parte de la Liga de los Comunistas Armados con el fin de rescatar a su compañera Edna Ovalle, detenida por las autoridades de la época, tras ser delatada por el médico que la atendía de un balazo recibido de manera accidental.

—Vamos a secuestrar un avión —le dijo Germán Segovia a Alberto Sánchez, quien se quedó pensativo tras escuchar la indicación de su compañero guerrillero.

—…vamos a secuestrar un avión para intercambiarlo por la compañera Edna, es lo único que podemos hacer para salvarla —ahondó Germán.

Alberto cuenta que en ese momento ya había fotografías de Edna en todos los periódicos locales e incluso había sido tirada una edición extra y especial revelando la existencia, hasta entonces secreta, de la Liga de los Comunistas Armados, así como las identidades de algunos de sus integrantes.

Como Alberto era militante de recién ingreso, todavía no era mencionado en las publicaciones, por lo que le fue asignada la tarea de ir al Aeropuerto de Apodaca a preparar la operación de rescate, junto con otro compañero llamado José Luis Martínez.

Aunque la organización tenía un levantamiento topográfico de toda la ciudad, el nuevo aeropuerto todavía no lo habían analizado a detalle, por lo que ya ahí, Alberto y José Luis observaron con atención la distribución de su espacio, los diversos accesos a la pista y el tránsito de aviones grandes, con capacidad de realizar viajes internacionales.

Luego de unas cuantas horas de inspeccionarlo y de haber comprado cuatro boletos de avión para el día siguiente, volvieron a la casa de seguridad a terminar de afinar el plan que habían trazado.

***

Lado B, Cinta 1

Después de ir al aeropuerto nos ponemos de acuerdo. Nos vemos en la tarde en un departamento que estaba en la calle de Diego de Montemayor, cerca de Padre Mier. Los otros compañeros identificados, Germán y Tomás, bajan en la noche de Saltillo a Monterrey, con muchas complicaciones, porque para todo esto ya había un cerco alrededor de la ciudad y en especial el Ejército ya había puesto un retén de Saltillo a Monterrey.

Para llegar a Monterrey a reunirse con nosotros, los compañeros compraron en la agencia de Saltillo un Maveric nuevo que no hubiera sido identificado, ya que supusimos que en ese momento todos nuestros vehículos estaban identificados. Fue entonces que bajaron en el Maverick y cuando llegaron a la cola del retén militar acercaron sus ametralladoras, escopetas y pistolas escondidas, pero listas por cualquier cosa. Sin embargo, la revisión aleatoria de los soldados le dio el paso a su Maverick y detuvo al coche que venía atrás. Así pudieron entrar a Monterrey.

Después llegaron a la casa y nos preguntan: ¿Qué tienen? Todos estábamos desesperados porque pensábamos que la compañera Edna se estaba muriendo, considerábamos que la estaban torturando dejándola desangrar de su herida, por lo que necesitábamos darnos prisa. Así es que nos encerramos a revisar un plano que habíamos hecho en papel cuadriculado, donde estaban dibujados los dos pisos que entonces tenía el aeropuerto, así como la terraza, columnas, puertas y pistas.

Consideramos un plan para abordar el avión sin tener que usar el arco detector de metales, ya que eso nos hubiera obligado a hacerlo con fuego abierto, pero nada estaba seguro del todo, por lo que la mañana siguiente dejamos en el departamento dinero en efectivo y armas largas como rifles 30-06.

Y nos fuimos a nuestra misión.

***

El día de la operación, el comando quedó conformado por el propio Germán Segovia, así como por Alberto Sánchez, José Luis Martínez y Tomás Okusono. Los cuatro cargaron en maletas ligeras pistolas 45, 9mm y 38; la llegada la hicieron en dos autos distintos: José Luis y Alberto en taxi, mientras que Germán y Tomás en el Maverick.

Cuando entraron al vestíbulo principal iban preparados para usar sus armas, pero notaron de manera sorprendente que el arco detector de metales había sido aventado a la orilla del pasillo, cubierto con un impermeable, ya que no estaba funcionando.

A las 8:30 de esa mañana del 8 de noviembre de 1972, el Aeropuerto de Apodaca estaba casi vacío, solamente con los pasajeros que se disponían a abordar el vuelo 705 de Mexicana de Aviación, con destino a París, Francia, tras una escala en Ciudad de México. El mismo vuelo para el que Alberto y José Luis habían comprado cuatro boletos un día antes.

—¿Qué tipo de pasajeros iban en el avión? —pregunté a Alberto durante nuestra larga entrevista.

—Iba un cónsul americano, los hijos del entonces gobernador de Nuevo León, Luis Farías, uno que luego fue alcalde, así como mucha gente importante de Monterrey... Imagínate, ¿quién podía ir a París en aquellos años? No cualquiera.

—¿Cómo burlaron la seguridad?

—Vimos que estaba movido el arco de metal y como estábamos separados para cualquier situación, o sea que no íbamos los cuatro juntos, entonces yo hice alguna señal de aviso y me metí al baño. Germán me siguió después y analizamos la situación. Ahí fue que cambiamos de plan, porque habíamos hecho un plan muy arriesgado, bastante suicida, la verdad, lleno de balazos, pero ahora no era necesario porque el avión 727 estaba estacionado a 20 metros de nosotros y no había arco de metal antes de llegar a él.

Así fue que dejamos todas la maletas escondidas en la sala de espera y solamente nos clavamos en los cinturones cada quien un par de armas cortas y sus respectivos cargadores.

—¿Qué arma llevabas tú?

—Yo llevaba una bomba. 

(CONTINUARÁ…)

Diego Enrique Osorno

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