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El final de una época

Hay generaciones que creen que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo siempre estuvieron ahí. Como si fuera normal encender la televisión y encontrarse cada semana con dos futbolistas capaces de marcar cincuenta goles por temporada, ganar títulos de liga, conquistar la Liga de Campeones de Europa, romper récords históricos y convertir cada partido en un acontecimiento global.

El verdadero acontecimiento no es que Messi y Cristiano estén disputando su sexto Mundial y que Messi esté dinamitando la competición como si fuera un novato. El verdadero acontecimiento es que estamos presenciando los últimos capítulos de una era que probablemente no volverá a repetirse.

Durante casi veinte años, el futbol tuvo dos reyes. Dos figuras capaces de monopolizar la conversación mundial. Dos jugadores que transformaron las expectativas de grandeza. Dos atletas que elevaron tanto el listón que terminaron distorsionando nuestra percepción de lo extraordinario.

Y aún así, una parte del público decidió convertir la admiración hacia uno de ellos en resentimiento contra el otro. Resulta curioso observar cómo funciona el aficionado moderno. Mientras más grande es una figura, mayor parece ser el esfuerzo por derribarla. En lugar de disfrutar el privilegio de verla competir, algunos prefieren dedicar su tiempo a buscar defectos, contextos o argumentos que les permitan minimizarla.

Con Messi ha ocurrido durante toda su carrera. Cuando era joven, se le exigía ganar con Argentina. Cuando ganó una Copa América, se le exigió el Mundial. Cuando conquistó el Mundial, se le exigió mantener el nivel. Cuando mantuvo el nivel, se buscaron nuevas razones para cuestionarlo.

Pareciera que para ciertos sectores nunca será suficiente. La paradoja es evidente. El futbolista más determinante de su generación, uno de los más exitosos de todos los tiempos y quizá el jugador más talentoso que haya pisado una cancha sigue encontrando detractores empeñados en negar lo que millones observan desde hace casi veinte años.

Messi ya no necesita demostrar absolutamente nada. Su carrera quedó resuelta hace mucho tiempo.

La Copa del Mundo obtenida en Catar cerró cualquier debate histórico razonable. Pero incluso sin ese trofeo, su legado ya pertenecía a la categoría de los inmortales.

Porque la grandeza de Messi nunca estuvo únicamente en los números. Estuvo en la forma. En la manera en que convirtió un deporte profesional en una expresión artística. En esa capacidad para encontrar espacios invisibles para los demás. En esos pases imposibles que parecían dibujados antes de ejecutarse. En esa facilidad para resolver partidos complejos con una naturalidad que desafía toda lógica.

Cristiano Ronaldo representa otra dimensión de la grandeza. La del esfuerzo llevado al extremo. Durante años se intentó presentar sus carreras como una batalla donde admirar a uno obligaba a despreciar al otro.

Fue un error. La historia terminará colocando a ambos en el Olimpo balompédico.

Por eso resulta tan pobre desperdiciar estos últimos años en discusiones estériles o campañas de desprestigio disfrazadas de análisis. Dentro de veinte años nadie recordará los debates interminables en redes sociales. Nadie hablará de las polémicas pasajeras que hoy ocupan titulares. Nadie conservará interés por las pequeñas guerras digitales que alimentan la conversación cotidiana.

Lo que permanecerá será otra cosa. La certeza de que fuimos contemporáneos de dos gigantes.


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David Badillo
  • David Badillo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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