Gianni Infantino llevaba años siendo intocable. Cada idea que salía de la FIFA terminaba convirtiéndose en realidad. Un Mundial en Oriente Medio celebrado en noviembre o uno de 48 selecciones, un torneo repartido entre varios continentes o un calendario cada vez más saturado parecían decisiones consumadas. Sin embargo, todo poder tiene un límite. Y ese límite, esta vez, se llama UEFA.
Los 55 miembros de la confederación europea aprobaron por unanimidad una postura que cambia por completo el panorama: ninguna selección europea disputará los próximos Mundiales, tanto varoniles como femeniles, si la FIFA concreta su intención de vender parte de los derechos comerciales de sus competencias a fondos de inversión privados.
Infantino midió el terreno. Pensó que encontraría resistencia, pero no una oposición frontal. Se equivocó.
Ahora bien, la historia no se puede reducir a la figura maniquea de buenos contra malos; hay en medio muchos grises y tampoco hay que comprar el discurso romántico de la UEFA como si fuera la gran defensora de los valores del futbol. No lo es. Si algo le incomoda es quedarse fuera del negocio. La confederación que genera la mayor parte del valor deportivo y comercial del futbol mundial no está dispuesta a regalarle a la FIFA el activo más importante que posee: sus selecciones nacionales.
Y, siendo sinceros, tienen argumentos. El Mundial, guste o no, es un torneo que vive principalmente de Europa y de Argentina. Ahí están las grandes potencias, las plantillas más valiosas, los futbolistas más mediáticos y la mayor parte de las audiencias globales. El resto aporta tradición, pasión e historias memorables, pero el peso específico de la competencia recae, en buena medida, sobre ese grupo de selecciones.
Por eso la amenaza tiene tanto impacto. Sin Europa, la Copa del Mundo pierde buena parte de su esencia, de su calidad y, sobre todo, de su valor económico. Lo más llamativo es que la oposición ya no proviene únicamente del Viejo Continente. También la Concacaf, y con ello Estados Unidos, ha comenzado a marcar distancia del proyecto. Resulta especialmente significativo porque buena parte del capital privado que pretendía entrar al negocio provendría precisamente del mercado estadounidense.
Infantino tendrá que recular. No hay demasiadas alternativas. Un boicot europeo sería devastador para la FIFA, tanto en términos deportivos como financieros. El presidente del organismo apostó demasiado alto y terminó encontrando un muro que no esperaba.
Infantino probablemente sobrevivirá políticamente a este episodio. Todo apunta a que terminará archivando el proyecto y buscará otra ruta para fortalecer las finanzas de la FIFA. Curiosamente, será el propio Infantino quien tenga la última palabra para elegir el estadio que albergará la final de la próxima Copa del Mundo. Tendrá ese privilegio. Lo que ya no tendrá será la misma sensación de invulnerabilidad con la que llegó hasta aquí.