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Morena y el reto del 2027 (II)

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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La semana pasada planteamos una pregunta muy sencilla: ¿qué significa ser un buen candidato? 

Apuntamos que una cosa es ser popular y otra ser competitivo; que encabezar una encuesta no necesariamente significa tener la capacidad para ganar una elección constitucional.

Pero quedó pendiente una pregunta quizá más importante: ¿basta con ser competitivo para ser un buen candidato? No.

Se puede ser extraordinariamente popular, ganar elecciones y, sin embargo, ejercer pésimamente el poder. 

Porque la política no termina el día de la elección. 

Ahí apenas comienza. Por eso, rumbo al 2027, Morena enfrenta un reto que va mucho más allá de encontrar candidatos que ganen encuestas: necesita preguntarse de qué clase de mujeres y hombres quiere rodearse para seguir construyendo el segundo piso, y ahí entramos al terreno de la ética y de la moral.

Desde Aristóteles, la política encuentra su sentido en la búsqueda del bien de la comunidad. Gobernar no debería ser una oportunidad para servirse del poder, sino una responsabilidad para servir desde él. Parece una diferencia semántica, pero entre ambas expresiones existe un abismo: servir desde el poder o servirse del poder.

Porque existe una paradoja que nuestra democracia no ha terminado de resolver: si la política no es una actividad empresarial destinada a generar riqueza personal, ¿cómo se explica que algunos políticos hayan acumulado fortunas difíciles de conciliar con sus ingresos públicos?

Durante décadas México conoció dirigentes sindicales y políticos rodeados de lujos, propiedades, viajes y aviones privados que contrastaban con la realidad de aquellos a quienes decían representar. 

El caso de Elba Esther Gordillo, poderosa líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), quedó como uno de los ejemplos más emblemáticos de esa contradicción entre representación social, poder político y ostentación. Impresentable e ignominiosa.

También quedó para la historia aquella frase atribuida a Carlos Hank González, exgobernador del Estado de México y figura emblemática del Grupo corrupto de Atlacomulco: “Un político pobre es un pobre político”. 

Y precisamente ahí aparece una pregunta incómoda pero necesaria:

Si la política no es una actividad destinada a generar riqueza, ¿por qué tantos políticos terminan siendo millonarios?

No se trata, desde luego, de hacer una apología de la pobreza. 

Un servidor público tiene derecho a recibir una remuneración digna, construir un patrimonio legítimo y disfrutar del producto lícito de su esfuerzo. 

Pero tampoco debería olvidarse aquella máxima juarista de la “justa medianía” que proporciona la retribución que la ley señala.

El problema comienza cuando esa medianía se rompe y el poder se convierte en mecanismo de enriquecimiento, privilegio, impunidad o tráfico de influencias. 

Ahí la política deja de ser servicio y se transforma en negocio. 

En el peor de los casos, con la participación de grupos criminales dentro de las estructuras del gobierno. Por ejemplo, la barredora…

Y aquí Morena enfrenta una prueba particularmente importante. Debe demostrar que es capaz de evitar que esos mismos vicios se reproduzcan dentro de sus propias filas y que no hay intocables en el movimiento. 

Porque cambiar los nombres sin cambiar las conductas no transforma un sistema.

La honestidad, la prudencia, la justicia, la templanza y la vocación de servicio difícilmente pueden medirse preguntando simplemente: “¿por quién votaría usted?”. 

Pero son esas cualidades las que terminan definiendo la diferencia entre un gobernante y alguien que solamente ocupa un cargo.

Sin duda, el reto para Ariadna Montiel y Citlalli Hernández es elegir candidatas y candidatos competitivos, cuyas trayectorias tengan en la moral y la ética un peso verdadero, más allá de encuestas pagadas por los propios aspirantes que buscan el poder por el poder.

Ganar una elección otorga poder. La ley otorga facultades. El voto concede legitimidad democrática. 

Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, otorga virtud. 

Quizá por eso el verdadero reto de Morena para 2027 no sea solamente escoger a quienes puedan ganar, sino a quienes, después de ganar, respondan a los fines del movimiento más allá de proyectos personales o de grupo, porque, como diría la presidenta 

Sheinbaum en días pasados: “Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación”


@cuauhtecarmona

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