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Las cartas del Mayo a sus sobrinos

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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En días pasados circuló una carta de Ismael “El Mayo” Zambada en la víspera de recibir cadena perpetua. 

Nadie discutió su autenticidad, pero tampoco a quiénes iba dirigida. Su lectura me recordó el libro escrito por el filósofo británico C. S. Lewis: Cartas del diablo a su sobrino.

Desde luego, no existe semejanza entre sus autores ni entre los contextos en que ambos textos fueron concebidos. 

La analogía y similitud radica en el género epistolar. Lewis construye una serie de cartas en las que un demonio —un ser de naturaleza espiritual y, por tanto, no biológica— instruye a su supuesto “sobrino” a practicar el mal y atacar al enemigo; es decir, vencer al bien, o sea, a Dios.

El parentesco es imposible, pues entre espíritus no existe consanguinidad ni árbol genealógico; habría que recordárselo a Lewis. 

Pero el autor de Cartas del diablo a su sobrino cumple bien con el objetivo: enseñar al sobrino cómo corromper al hombre y lograr que este se pierda para conducirlo a su reino, el infierno. 

La carta atribuida a Ismael “El Mayo”, en cambio, parece recorrer el camino inverso: desde la experiencia del crimen, o sea, del mal, exhorta a no repetir esas prácticas; es decir, a no realizar el mal.

La carta del narcotraficante no tiene destinatario, pero, si pudiéramos encontrar uno, podríamos hallarlo en los jóvenes. 

Al cabo, hoy es común escuchar en ciertos círculos sociales que se llamen “tíos” o “sobrinos” quienes ni parientes son. 

Precedentes tenemos en México no en el ámbito literario, sino en el televisivo. Una generación tuvimos un tío que llamaba Gamboín y nos hacía la tarde con sus personajes como Pancholín y Salchita. ¡Bendita infancia!

Si Lewis escribió para un “sobrino” imaginario, la carta del Mayo parece dirigirse, aunque no los nombre, a todos aquellos (sobrinos), que todavía están a tiempo de elegir un camino distinto, y eso me parecería maravilloso en una época en la que, para muchos, la moral, en palabras del cacique priista Gonzalo N. Santos, es: “un árbol que da moras”.

En Lewis, la ficción utiliza la voz del mal para desnudar sus mecanismos de seducción. 

En la carta atribuida a El Mayo, es la experiencia de una vida marcada por la violencia la que termina formulando una advertencia ética: el poder obtenido por el crimen no constituye una forma de realización humana.

Toda carta, una vez que abandona el ámbito privado y entra en el espacio público, encuentra nuevos destinatarios. 

Quizá esa sea la mayor fuerza de este texto: convertir una experiencia individual en una reflexión colectiva sobre las consecuencias de nuestras decisiones.

La carta de El Mayo trasciende a su autor porque el mal, tarde o temprano, siempre termina confesando su propia derrota, la cual confiesa, como San Agustín de manera arrepentida, la intrascendencia de sus actos y reconoce en propia voz: 

“Mi vida es prueba de que ese camino-el mal-, termina en destrucción, cárcel o muerte… No hay honor ni futuro en este negocio del crimen”.

Cartas del Mayo a sus sobrinos.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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