Política

Dos amores. La doble nacionalidad

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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Dice la canción que no se deben tener dos amores porque resulta complicado besar en dos bocas. 

Más allá de la licencia musical, en el matrimonio la fidelidad no es sólo una expresión sentimental: constituye un compromiso ético y, en determinados aspectos, una institución regulada por el derecho familiar.

¿Y en política? ¿Se puede tener dos patrias?

Jurídicamente, sí. En México es posible tener doble nacionalidad. Esto significa que una persona puede mantener vínculos jurídicos de pertenencia con dos Estados. 

Pero cuando esa persona pretende gobernar la pregunta adquiere otra dimensión: ¿puede dividirse también la fidelidad jurídica y patriótica?

Categóricamente podemos sostener que no. No porque quien posea dos nacionalidades sea necesariamente desleal —sería injusto afirmarlo—, sino porque quien gobierna debe asumir una lealtad política inequívoca.

Valga la analogía: así como en el matrimonio la fidelidad reclama exclusividad por voluntad, en el ejercicio de las más altas responsabilidades del Estado no debería existir incertidumbre respecto de la nación a la que se debe el gobernante, por lo tanto, de igual manera se requiere exclusividad por voluntad propia. 

 De lo contrario, lo que en aquella analogía sería adulterio, en el extremo de la vida pública podría convertirse en deslealtad y, bajo supuestos jurídicos específicos al extremo en traición a la patria.

Sirva esta analogía para reflexionar sobre la propuesta que la presidenta Claudia Sheinbaum ha puesto sobre la mesa: exigir a que quienes tengan doble nacionalidad para contender por la Presidencia de la República, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, deberán tener solo la nacionalidad mexicana. 

En caso de tener doble nacionalidad, renunciar a la del país extranjero antes de su registro.

Porque a la máxima responsabilidad jurídica debe corresponder también la máxima responsabilidad patriótica. 

Y aquí pareciera la discusión puede volverse incomoda. 

Porque una cosa es vivir entre dos países, tener familia en ambos, trabajar, estudiar, invertir o construir una vida entre dos sociedades, y otra muy distinta es pretender gobernar una de ellas.

La doble nacionalidad puede ser perfectamente comprensible en la vida de cualquier ciudadano. 

Las familias migran, las fronteras se cruzan, los hijos nacen en países distintos a los de sus padres y millones de personas conservan vínculos legítimos con más de una nación. 

Nadie tendría por qué cuestionar sus afectos ni mucho menos medir el patriotismo por el número de pasaportes guardados en un cajón.

Pero gobernar es otra cosa, una responsabilidad elevada que requiere en mi punto de vista exclusividad de patria, ciudadanía y residencia.

Por eso la propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum merece discutirse más allá de simpatías partidistas. 

La pregunta no es si tener doble nacionalidad hace a alguien mejor o peor mexicano. 

La pregunta es sencilla: ¿es violatorio pedirle a quienes quieran gobernar México que jurídicamente se deban solamente a México sin afectar los derechos humanos?

Imaginemos por un momento que los intereses de los dos Estados cuya nacionalidad posee un gobernante entran en conflicto. 

Comercio, seguridad, migración, extradiciones, inversiones, recursos naturales o relaciones diplomáticas. ¿A cuál de los dos debe lealtad? A México, naturalmente.

Se puede sentir afecto por dos tierras. Se puede agradecer a dos países. 

Se puede haber nacido en uno y construido la vida en otro. Todo eso forma parte de las biografías contemporáneas. Pero gobernar exige algo distinto al afecto: exige definición.

La presidenta Sheinbaum lo expresó de manera directa: quien posee doble nacionalidad es ciudadano de dos países y, por tanto, puede plantearse la duda sobre cuál de ellos representa su interés supremo. 

Quizá ahí se encuentre el argumento más sencillo de toda esta discusión.

Porque hay derechos que podemos compartir, afectos que podemos multiplicar y tierras que podemos amar.

Pero el poder público no admite fidelidades a conveniencia. La propia presidenta habló de “dos intereses”. 

Y aquí la política termina encontrándose, curiosamente, con una vieja sentencia de la Sagrada Escritura: “Nadie puede servir a dos amos” o, quien es fiel dentro del matrimonio, no debe besar en dos bocas.

Los políticos en México no deberían tener dos pasaportes…


@cuauhtecarmona

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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