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Morena y el reto del 2027 (I)

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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Ganar elecciones implica tener buenos candidatos. La afirmación parece obvia, pero abre una pregunta rumbo a las elecciones del próximo año para elegir candidatas y candidatos a gobernadores por Morena: 

¿Qué significa ser un buen o un mal candidato o candidata?

Una cosa es ser popular y otra ser competitivo. Porque una cosa es encabezar una encuesta y otra tener capacidad para ganar una elección, momentos distintos y con una naturaleza especifica. 

Aquí hay uno de los grandes retos para Morena rumbo al 2027.

En algunos estados, Morena parece una auténtica olla de grillos. 

La expresión coloquial describe, en realidad, un problema conocido por la ciencia política: cuando un movimiento alcanza una posición predominante, buena parte de la competencia por el poder deja de producirse frente a otros partidos y comienza a desarrollarse en su interior resistencias naturales pues el poder, es resistencia.

El fenómeno no necesariamente es negativo. La pluralidad, la competencia y las aspiraciones forman parte de la democracia. 

El riesgo aparece cuando las aspiraciones dejan de estar subordinadas a un proyecto y el poder comienza a concebirse como un fin en sí mismo. 

Es entonces cuando aparece aquello que el expresidente Andrés Manuel López Obrador definió reiteradamente como “ambición vulgar”.

El problema no es aspirar. La política necesita aspiraciones. 

El problema es confundir una aspiración legítima con un derecho adquirido a ser candidato y, peor aún, pretender convertir el proyecto personal en expresión exclusiva de la voluntad popular. 

Y aquí aparece una cuestión fundamental de la filosofía política: la legitimidad.

Una candidatura puede ser legal, cumplir las reglas internas e incluso resultar de un procedimiento aparentemente correcto y, sin embargo, carecer de suficiente legitimidad política ante militantes, simpatizantes y electores. 

Porque la legitimidad no solamente se proclama: se construye y se reconoce.

De ahí la importancia de distinguir entre una postulación natural y una candidatura percibida como impuesta La primera madura desde el territorio. 

Se construye con tiempo, trayectoria, identidad, reconocimiento, capacidad de convocatoria y aceptación social. 

La segunda, aparece cuando los mecanismos de decisión son percibidos como distantes de la realidad política de una base social y se percibe como impuesta. 

 Y en política, lo que nace forzado suele necesitar fuerza para mantenerse.

Ahí reaparece un viejo dilema de nuestro sistema político: evitar que la lógica de “gobernador pone gobernador” sobreviva bajo nuevas formas y, al mismo tiempo, impedir que cualquier aspirante convierta su interés particular en una supuesta representación exclusiva de la voluntad popular. 

Pero ¿qué necesidad?

Porque también existe una tentación inversa. Algunos candidatos lo plantean así: 

 Si el resultado favorece “mis” aspiraciones, “el pueblo decidió”; si no me favorece, entonces hubo dedazo, imposición y antidemocracia Una curiosa concepción de la soberanía: el pueblo soy yo cuando el pueblo coincide conmigo. 

Eso tampoco es democracia.

Es entonces cuando regresamos a la pregunta inicial: ¿qué es un buen candidato?

Un buen candidato suma más de lo que resta. Conoce y es de territorio, pero también de narrativa, estructura y aceptación; identidad partidista, pero capacidad para hablarle a quienes están fuera de su partido. 

Puede ganar una encuesta interna, sí, pero sobre todo es capaz de ganar la elección constitucional. 

Sin embargo, existe la soberbia y piensan que porque han ganado en el pasado seguirán ganando. Algunas y algunos se equivocan.

Porque en política también se pierde por rechazo. No basta con sumar adhesiones, hay que evitar que el rechazo termine sumando a los adversarios para evitar fracturas y posibles derrotas. 

Ahí está la gran tarea y reto para el próximo año.

Continuará…

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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