Estudiar el mal como esencia más allá del lenguaje y conceptos, es un gran reto.
Jamás imaginé que una palabra tan corta —apenas con tres letras— ha sido estudiada por todos los campos del conocimiento: la filosofía, la ciencia, la religión, el derecho, la biología y hasta corrientes más singulares como el ocultismo.
Sin embargo, el mal sigue sin dejarse atrapar del todo y no hay que conformarnos únicamente con definirlo como la “ausencia” de bien.
Mi reflexión, a propósito de tres desafortunados acontecimientos que me dejan muchas preguntas como abogado, maestrante en filosofía y estudiante de un diplomado sobre el mal:
Un joven que, desde la pirámide de la Luna en Teotihuacán agrede a turistas, asesina a una canadiense y después se suicida.
Una suegra que mata a sangre fría a su nuera y después escapa y por último un coordinador de homicidios (cuyo trabajo era investigar muertes), termina acribillado en Nogales, Sonora.
Estos hechos no tienen que ver con una inquietud teórica, sino algo más estrujante: ver el mal como semilla, como chispa… como una posibilidad que nadie está exento de padecer, ya sea como conducta o, en algunos casos, como una especie de enfermedad y/o síntoma.
Y no está de más mencionar que cuando estamos enfermos, decimos que estamos “malos”.
Y es que hablar del mal no debe ser lejano ni ajeno para nadie a pesar de lo complejo y complicado de la palabra.
Estamos hablando de algo que puede instalarse en nuestra vida sin querer y ser víctimas del mal o de quienes lo practican en una sociedad donde padecemos muchos males…
Desde tiempos remotos, el Génesis nos narra el primer asesinato más famoso de la historia: Abel es asesinado por Caín.
Y desde entonces, las conductas antisociales se repiten una y otra vez mientras la cultura de masas, en no pocos casos, ha hecho de los “malosos” sus héroes y hasta heroínas.
¿Qué nos está pasando y sigue pasando? ¿Son hechos aislados o el reflejo de algo más profundo?
Los griegos tenían respuesta para todo y cuando se dieron cuenta que había cosas más allá de átomos, materia y espacio físico, nos regalaron la metafísica, lo que está más allá de lo evidente.
Aristóteles decía que el ser humano actúa buscando un bien, incluso cuando se equivoca.
Y más adelante, Santo Tomás de Aquino explicaría que el mal no es una cosa en sí misma, sino una ausencia, una privación del bien.
Hasta ahí, todo parece estar claro. Pero la realidad, a veces supera la ficción y nos encontramos ante acontecimientos que rebasan la normalidad.
El filósofo Richard J. Bernstein en su obra “El mal radical” advierte algo incómodo: el mal no siempre es algo lejano o extraordinario. No necesariamente viene de fuera.
A veces es profundamente humano y está más cerca de lo que imaginamos.
¿Qué podemos aprender de todo esto?
Tal vez que el mal no siempre se presenta como algo evidente, sino que puede instalarse en lo cotidiano, en la decisión, en la forma en que se va perdiendo el sentido del otro.
Tal vez que una sociedad no se descompone de un día para otro, sino poco a poco, en lo que se normaliza, en lo que deja de incomodar y se trasmina como el agua.
Y tal vez —la más incómoda de todas— es que el mal no está tan lejos como quisiéramos pensar.
De esta reflexión me surge una gran pregunta: ¿El mal es producto de nuestra sociedad o revela dimensiones que todavía no terminamos de comprender?, sobre todo, las que rayan en un simbolismo diabólico o demoniaco como aquellas escenas que vimos en la película el infierno cuando Calderón le declaró la guerra al narco…
El mal está más cerca de lo que pensamos…
@CUATECARMONA