Por muchos motivos nuestro hermoso país ha sido identificado como un lugar donde los extranjeros son bienvenidos, aceptados e integrados a la vida diaria.
Hay pueblos en los que son parte de la cotidianidad de las comunidades, y participan de su realidad, baste mencionar lugares como Oaxaca, San Miguel de Allende o Valle de Bravo.
Ellos encuentran como un símbolo particular las expresiones culturales en conjunto del significado de México, a través de diversas formas, con distintos modos; en la pintura, la literatura, acaso en algunas escenas diversas de las calles de la ciudad, o más aún, para mayor precisión, en las funciones de lucha libre, el eterno duelo entre técnicos y rudos.
Esto, entre muchas otras formas, nos identifica como mexicanos, nos enaltece sabernos con humor y diferentes; creemos, o queremos creer, que el ser mexicano es sinónimo de alegría, simpatía, “buena onda” y, en cierto modo, así somos. Orgullosos de nuestra mexicanidad.
Sin embargo, también hay tantas cosas que hacemos, que nos identifican en cómo nos sentimos, de ahí que André Bretón declaraba que “México es el país más surrealista del mundo”.
Con razón será.
Lo anterior viene a cuento porque el surrealismo no sólo tiene presencia en la vida cultural del país, está presente también en el inventario de nuestro día con día, en el sumario de la noticia nacional.
La concurrencia de hechos en los que se vinculan intereses, que en la formalidad deberían ser antagónicos pero que se “asocian” con la finalidad de “hacer” negocios, sucede utilizando los diversos ámbitos de influencia, tanto en el sector público como en el privado, con objetivos claros: unos buscando ampliar su influencia política, y todos buscando incrementar su fortuna económica.
Poder y dinero, el binomio responsable del motivo de vida de sus participantes.
No quiero dejar de mencionar el desparpajo con el que, en cadena nacional y sin un dejo de vergüenza, se afirma de manera contundente el “extraordinario” sistema de salud, los índices abatidos de la delincuencia, o la alta confianza de los migrantes en el incremento de las divisas.
La mentira como política pública, la ausencia de la mínima decencia en el discurso oficial, y el abandono de los principios y valores.
Se preguntarán, queridos lectores, ¿qué tiene de surrealista? Pues que sabiendo esto, la población lo acepte… ¿acaso no les parece surrealista? ¿O será que somos parte de ello?