En estos días en nuestro país, como en otros dos países, se está llevando a cabo el 23 Campeonato mundial de futbol (o soccer para los norteamericanos). Soy una aficionada promedio a este deporte, primero por responsabilidad materna y posteriormente por afición heredada, y me gusta, le entiendo al fuera de lugar, a la falta en medio campo o el tiro de esquina, y ni qué decir del faul que, en la inminencia del gol, es castigado con un penalti. Bien pasaría un examen en cualquier campo llanero de fuerzas emergentes.
No sé ustedes, amables lectores, pero aún me falta ese ambiente mundialista, emoción que se respira en las fechas de fiesta en nuestro país, tal y como el 15 de septiembre, Semana Santa, el Día de Muertos, o más aún, en vísperas de la noche de Navidad.
Esa niebla que se desliza en todos lados por la celebración, con cara de fiesta.
Me falta algo para sentirlo.
Eso no obvia el festejo a la mexicana, el mínimo pretexto para celebrar o celebrarnos por el gol anotado, ya sea del equipo nacional o de aquellas representaciones que adoptamos como propias. La fiesta con quien está al lado, el abrazo fraterno con ese vecino de mesa o asiento, celebrando, brincando al unísono, festejando el gol (palabra mágica dual que nos trae alegría o nos enfrenta con la tristeza de vernos vulnerados en la derrota).
Lo bueno y lo malo, siempre, en todas las actividades que intervienen dos personas o más.
Vemos alrededor a cientos festejando, a miles celebrando… “el juego del hombre”, frase célebre de Ángel Fernández al abrir las transmisiones de partidos de futbol en televisión… abierta.
Hoy el futbol es el deporte nacional y jugoso negocio trasnacional.
Este mundial se juega en tres países, y el nuestro cuenta con un fervoroso público en la cancha, en las colonias, pueblos y barrios de nuestro país, lugar en el que se han jugado tres mundiales.
Y sin embargo, sólo trece encuentros se jugarán en tierra azteca. El grueso de los juegos, o del negocio, será en Estados Unidos.
Los mexicanos, en su gran mayoría, gustan con fervor casi religioso el amor a la camiseta, la sudan, y la sufren con los once jugadores de campo. En México, el fanatismo por el futbol es extraordinario, y casi un orgullo nacional… ¿Cómo será en los otros dos países? ¿sólo un gusto pasajero?