Ha pasado la fiesta futbolera, y las voces más conservadoras llaman a entrar a la normalidad con domesticada aceptación, sin dejar en la estela una brisa de resignación. Ya pasó la fiesta, volvemos a la normalidad (como si lo que acontece terriblemente en nuestro país se haya detenido), y todo mundo a hacer las cosas que hacía desde antes en su vida.
Muchos dicen con nostalgia “hasta el próximo campeonato mundial para ver buen futbol”. Mientras, queda conformarnos con la liga nacional, como si en ello compensara la ausencia de los partidazos que atestiguamos.
Ni modo, a conformarnos.
¿Conformarnos? Debo confesar que me involucré emocionalmente con la selección de México, estuve atenta a las jugadas, destacando los nuevos talentos futboleros de quienes eran desconocidos, sin “rock stars” en la alineación, era casi nítida la trasparencia con la que miraban, miradas de gente buena, sin vanidades que estropean a los equipos que buscan hacer bien las cosas, integrarse, y jalar para un mismo punto.
Y para verlo no necesito ser especialista en “pambol”, sólo tener sentido común y sensibilidad a lo humano.
Nos ganamos a pulso el lugar en el que quedamos, perdimos un único partido con un equipo fuerte, y este perdió frente a Argentina, con un marcador igual, pero inverso. Eso nos demostró mucho más que cientos de narraciones de los especialistas deportivos. Perdimos como los grandes equipos del mundo, entre iguales.
Desmentimos las expectativas derrotistas y los marcadores claudicantes. Permeó en la piel de los mexicanos el convencimiento de que ahora sería diferente, sería autentico y ganador.
Conforme iba avanzando el calendario y sumándose los triunfos, los ciudadanos se dieron a la tarea de apropiarse del territorio nacional.
Fueron rebasadas las supremas autoridades, borradas, pues su actuar ni siquiera “pintó”. Estuvieron en todo momento en fuera de lugar, en el mejor de los casos, creo que más bien en la banca; ni siquiera calentaron.
Pero eso no fue lo relevante, lo importante es que los jugadores despertaron entusiasmo, alegría, y algo que para mí es lo más relevante: la afición fue la encargada de recuperar para nosotros la palabra, que fue expropiada para otros territorios, con negativas intenciones.
Creo que a partir de este mundial la esperanza regresa al seno del sentimiento popular, sin colores, sin distinciones sociales, sin divisiones creadas para vencer.
Creo que en adelante, con sabiduría y mucho sentimiento, el pueblo mexicano le ofrecerá su esperanza a quien lo mire de frente y sin mentiras.
Así somos, que ni qué