Quienes hemos tenido el privilegio y la elección de ser madres sabemos bien los síntomas que nos advierten que estamos en el proceso de alumbramiento, que estamos cercanas a tener la experiencia maravillosa de dar vida.
Es un privilegio que tenemos las mujeres.
Bien sabemos los pasos que siguen a tener a nuestro bebé en los brazos: la responsabilidad de cuidarlo para que sobreviva en las mejores circunstancias ante las adversidades y retos que le significan. Sabemos bien que, durante muchos años, estará bajo nuestro cuidado ante enfermedades y peligros cotidianos, estaremos pendientes de que crezca sano y fuerte, con valores y herramientas que adquirirá en el trayecto de su vida, con la finalidad de reproducirse a su vez, y ser feliz. Esto último como el objetivo primario y final de la vida que le toque, de la que elija vivir.
A los nuestros les enseñamos el amor a la vida, a los padres, a sus hermanos, a sus amigos, y seguido de este valor supremo, construimos el lazo que fortalecerá la consecución de otros, como la solidaridad, el respeto, la honradez, la honestidad, que fácilmente quedan comprendidos en la lealtad como valor integrador de la esencia de las personas.
En apretados renglones, es el devenir de las personas de bien. Ojalá y fuera tan lineal lo anterior para formar buenos seres, que darían por resultado sociedades perfectas en las que viviéramos de forma armoniosa, soslayando la parte oscura que tenemos los humanos, y que hoy en día de forma cotidiana, en los diferentes escenarios, se confronta en la lucha eterna del espíritu humano: el bien contra el mal.
Creo firmemente que en esa lucha, como en la formación de cada ser humano que llega a esta vida, somos más los buenos que aquellos que apuestan por el caos, el desorden y la maldad.
Somos más los buenos.
Esta reflexión nace de aquella frase que escribí: “La mentira como política pública”, varios de mis lectores señalaron que era devastadora… que su lectura y reflexión les había tocado fibras emocionales, que les generó tristeza y vergüenza a la vez, enojo e indignación.
Pero además la necesidad de hacer algo, lo que fuera, para cambiar esa “realidad” que duele por cierta y verdadera.
Ante lo fuerte, lo que alcanzo a decirle a esos lectores es que tal vez, sólo tal vez, si deseamos hacer algo por cambiar esa realidad, aceptemos, entendamos, que estamos en proceso del nacimiento de un nuevo México, que este doloroso y vergonzoso tiempo es un “trabajo de parto” en el que el dolor, la angustia y el miedo, sea el camino irrenunciable por “ parir” un país diferente, un pueblo en el que gobierne la verdad como política pública, en el que le devuelva a las personas la dignidad y el orgullo de sentirse de estas tierras mexicanas.
Para que sea la Patria de todos… nuevamente.