La política de la identidad es un concepto relativamente novedoso, pero de creciente relevancia. Para Francis Fukuyama, el uso de la identidad como diferenciador en la política “representa una de las principales amenazas a las que se enfrentan las democracias liberales”. Como afirmaba Hegel, la identidad divide, no unifica; niega los significados más universales de la dignidad humana.
Ha sido incorporado por la ciencia política para describir a aquellos movimientos y discursos que buscan destacar ciertas características de las personas, tales como su raza, etnia u orientación sexual, para evidenciar que padecen algún grado de opresión por el simple hecho de poseer dicha identidad.
El liberalismo ha sido severamente crítico con la política de la identidad; considera que roza con el victimismo y que busca socavar la idea de la ciudadanía universal, en donde todas las personas son iguales por el simple hecho de pertenecer a una misma comunidad política (una república). También la izquierda clásica reniega de esta política debido a que, presuntamente, todas las ‘etiquetas’ (raza, etnia, religión, género, orientación) terminan por desviar la atención de la que es la categoría más importante: la clase. Algunos izquierdistas reclaman que estas identidades son una estrategia del neoliberalismo para fragmentar a la sociedad y evitar que se organice en una lucha común frente al ‘capitalismo opresor’.
Estos debates se han dado, principalmente, en Estados Unidos y en menor medida en países europeos. Por ello sorprende que en México se esté discutiendo sobre el origen étnico de Xóchitl Gálvez, o que se haya abierto una lastimosa polémica por las raíces judías de Claudia Sheinbaum, con bochornosas acusaciones antisemitas.
No recuerdo que en campañas anteriores se haya discutido sobre la ‘pureza racial’ de los candidatos a la Presidencia. Es absurdo y peligroso. Debería darnos igual si Xóchitl se siente indígena o si Claudia se siente judía, puesto que importan otras cualidades: integridad, competencia, honestidad.
Espero que sea una polémica pasajera, inducida por sesudos gurús del marketing político. ¿O votaremos por quien demuestre ser mexicanamente puro?