Política

Cuando cumplir ofende

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  • Carlos Iván Moreno Arellano

Decir que México es un país clasista raya en la obviedad. Desde la forma de vestir, el trabajo desempeñado, el nivel de ingresos, el color de piel, el lugar donde se vive, e incluso, las credenciales académicas se vuelven una forma de discriminación. Es algo cotidiano. No sorprende. Y peor aun, no indigna.

A principios de semana, en un aeropuerto –el que usted quiera–, presencié una escena cotidiana. Una persona intentó abordar sin identificación. No está permitido; es Ley federal. El sobrecargo, cumpliendo con su trabajo, se lo impidió. Molesta, gritó y exigió. Se fue. Minutos después regresó, había encontrado su credencial. El vuelo ya había cerrado. Frustrada, le gritó al empleado: “eres un criado”. Impávido, el joven continuó con su trabajo. Seguramente no era la primera vez que se lo decían.

En México, exigir el cumplimiento de una norma suele terminar en insulto: “naco”; “gato”; “chacha”; “criado”. La ley se convierte en afrenta para el prepotente. El clasismo no es sólo una actitud moralmente reprobable. Es un mecanismo político: alimenta la desconfianza y erosiona la convivencia democrática. Si la ley depende de quién eres, entonces es mera sugerencia. Si quien la hace cumplir es humillado, entonces la autoridad se vacía de sentido. Nos convierte en una sociedad donde todos exigimos derechos, pero pocos aceptamos límites.

El resultado es perverso: queremos un Estado de derecho, pero despreciamos a quien lo encarna en lo cotidiano. Eduardo Caccia lo escribió en su columna Cumplir sorprende: en México, hacer lo correcto se ha vuelto excepcional. Cumplir la ley sorprende. Pero hay algo más. No sólo sorprende el cumplimiento. A muchos les incomoda. Ofende.

El clasista ejerce una dominación simbólica: reafirma jerarquías. Le recuerda al otro “su lugar”. El problema no es la norma. Es quién la hace cumplir. Como advierte Michael Sandel, las sociedades no sólo distribuyen recursos; distribuyen respeto. Y cuando el respeto se asigna según estatus -y no según conducta- la vida pública se degrada.

Volvamos a la escena inicial. No hay nada extraordinario en ella. Ese es el problema. El sobrecargo no era un “criado”. Era, en ese momento, el Estado de derecho en acción. Una democracia se construye con ciudadanos, no con potentados y sus servidumbres.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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