Política

Bad Bunny y su afrenta a la intolerancia

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  • Bad Bunny y su afrenta a la intolerancia
  • Carlos Iván Moreno Arellano

No me gusta la música de Bad Bunny, pero mis hijas adolescentes me han enseñado el valor de su mensaje: diversidad, inclusión, orgullo y empatía. Fui a su concierto en la Ciudad de México y me pareció extraordinario que colocara “la casita” –ese escenario alterno donde canta la mitad del show– en la zona más económica. No en el área VIP, sino en la sección popular. Fue un gesto simple y poderoso. Una afrenta directa a quienes, pagando el boleto más caro, exigían que el artista no se acercara tanto a “los otros”.

La “casita” es una pequeña lección cívica. Michael Sandel lo advierte en su libro Lo que el dinero no puede comprar: Los límites morales del mercado: “normalizar la segmentación social en diferencias de clase, raza o incluso nivel de estudios erosiona poco a poco a la democracia.” Lo estamos viviendo.

Pero ninguna afrenta fue tan potente como su medio tiempo en el Súper Tazón. En esos doce minutos que pasarán a la historia, Benito mostró la posibilidad de habitar el tejido social estadounidense no desde la vergüenza o el miedo, sino desde el orgullo y la pluralidad. Cerró con un mensaje incómodo para algunos: unión y solidaridad. En un Estados Unidos marcado por el endurecimiento del discurso de odio y la normalización de la violencia, el gesto fue disruptivo. Esperanzador.

La educación superior no puede ser ajena a esa disputa. Es irónico que, en el país de las libertades con uno de los sistemas de educación superior más grandes y potentes, sea también donde crece la censura académica, las posturas autoritarias y donde se revierten políticas de acción afirmativa. Por eso, desde hace ya algunos años, el rector de Johns Hopkins, Ronald Daniels, se lo preguntaba en su libro ¿Qué le deben las universidades a la democracia? Su respuesta: la universidad estadounidense dejó de lado la educación para la ciudadanía y la filosofía moral, enfocándose en la excelencia técnica. No es un problema exclusivo de EEUU.

Conviene reiterar que la universidad no forma solo profesionales; forma ciudadanos y crea imaginarios. Si reproduce y legitima la exclusión, profundiza la fractura. En tiempos de polarización, la inclusión no es consigna, es arquitectura social. La u


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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