Cultura

Milagro en auriazul

Hay dos episodios en el imaginario colectivo vinculados al sufrimiento y la épica desde la afición. Los dos son producto del fanatismo y esa fe ciega a la que se suscriben quienes cifran ilusiones en once fulanos corriendo detrás de un balón. Los dos tienen el sello narrativo de anuncios comerciales y se articulan en la vocación dolorida del Atlético de Madrid.

El primero muestra a un chaval en el asiento trasero del auto preguntándole al papá por qué son del “Aleti”. El adulto se limita a mirarle por el retrovisor, mientras trata de encontrar la respuesta. Instantes después sobre un fondo negro aparece la frase: “No es fácil de explicar. Pero es algo muy, muy grande”. Y ahí queda el asunto que no dura más de una veintena de segundos.

El otro es más largo. Durante un minuto la narración de Agustín de la Fuente Quintana, socio número uno del equipo colchonero, es un recurso lleno de nostalgia. En ella recuerda haber tenido que dejar a lo largo de su vida el tabaco, el anís, el vinito de las comidas, la sal, el café, las apuestas y las cartas. Y remata diciendo: “Pero al puñetero “Aleti”…”. Entonces un texto concluye: “Me mata. Me da la vida”.

El deporte está plagado de casos en los que la pasión se funde con la esperanza, particularmente cuando hay un historial de drama y desesperación. Ese jugamos como nunca y perdimos como siempre, tan aplicable al combinado azteca o a equipos proclives, como dirían los entendidos, a “cruzazulearla”. Pero sobre todo a quienes bregan contra la inercia de la lógica y el imperio de los poderosos.

Hace unos días conversaba con un colega afecto al martirio pambolero, cuyo apelativo describe más eficientemente su filia: El Puma. El tema era inevitable, tanto como la acidez del momento. ¿Cómo estará el fútbol mexicano que los del Pedregal terminaron liderando el campeonato? Ambos nos encogimos de hombros. Y no es para menos. La sequía de tres lustros alberga tantos anhelos como razones para el escepticismo.

El inigualable Carlos Monsiváis argumentaba sólo creer en los milagros cuando sucedían. Pues bien, las andanzas felinas comandadas por quien acusa más ímpetu y tesón que competencias técnicas ilusionan lo mismo que promueven la desconfianza. Algunas voces populares sentencian: Yo le voy a Pumas aunque ganen. Incluso si, acorde a la tradición adquirida luego de tantos años, sucumben de acuerdo a los pronósticos.

Quizá por ello es tan seductora la idea del vigor vuelto espectáculo. Porque en el fondo está el deseo de que el menos favorecido y más limitado consiga reivindicar la historia. La cenicienta, el ya-merito, el sí-se-puede, el no-doy-una. Ganar contra la costumbre. Porque en una de esas, por pura ley de probabilidades, puede que suceda.


Google news logo
Síguenos en
Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.