Se vive todo el tiempo y es más notorio en espacios públicos. Pero cualquiera puede advertirlo en la intimidad. Incluso con uno mismo. El consumo cultural del teléfono, los usos y abusos que implica son el escenario más cotidiano al que se pueda acudir hoy.
Su ubicuidad es tal que la existencia es impensable sin él. Puedo salir sin cartera, pero no sin celular, me decía alguien hace días. Ese adminículo, esa minicomputadora que carga la esencia de las personas, sus planes, su pasado y la realidad es el gobernante de quienes se declaran incapaces de vivir sin él.
La inteligencia artificial sumada a la curiosidad humana ha hecho que los humanos podamos esbozar al habitante de esta tierra en prospectiva. Basados en las condiciones actuales, los humanitas que existirán dentro de varios cientos de años tendrán la joroba marcada de tanto colgar la cabeza.
Los dedos meñiques deformados por sostener el teléfono y los pulgares más desarrollados para teclear. Eso sin tomar en cuenta el daño visual y las alteraciones en la capacidad auditiva. Mucho menos la capacidad mental y la predisposición a que todo se pueda presentar, consumir y resolver en un santiamén.
Tal vez por eso en algunos círculos de sociedades de avanzada se haya decidido alejar de las aulas esos aparatos, haciendo que los escolapios vuelvan a escribir a mano, regresen a los libros, si es que alguna vez los tuvieron cerca, y dejen de depender de dispositivos móviles.
Es cierto, el escenario se antoja poco probable y sobre todo poco provechoso, dada la conveniencia de su uso y beneficio reales, ese afán de mantenernos conectados (lo cual no es garantía de interacciones eficientes) y de los intereses en la industria de las tecnologías de la información.
El problema no está en el mensajero, sino en la empresa de mensajería responsable de la catástrofe social. No está en lo que se hace con el teléfono, sino en la limitadísimo capacidad de la población para discernir sobre el control que tienen las empresas en los usuarios.
Hace años, en la radio pública del Estado de México, había un programa sobre asuntos éticos que llevaba a considerar el impacto de los actos cotidianos. En la rúbrica de inicio la emisión rezaba: “La vida es eso que transcurre mientras nos preocupamos por vivir. Ocuparnos de ello es una cuestión de valor”.
El final de la frase aludía al nombre del concepto radial. Pues bien, ante el imperio del teléfono y la enfermiza dependencia que le profesamos como seres humanos, la base de la aseveración se antoja impostergable: La vida es eso que transcurre mientras nos perdemos en el celular.