Cultura

Cum on feel the noize

Hay muchas cosas en la vida que pasan como que no quiere la cosa. Están ahí y uno se acostumbra al paisaje que representan. Hablo de los especímenes usuales en la vía pública, de la fisonomía de las calles y hasta de los olores del entorno. Y como se sabe, a todo se acostumbra uno menos a no comer. Hasta a las manías y demoliciones propias de la posmodernidad.

Pero es justo esa indolencia por el derredor lo que da en la torre a la salud física, ya no digamos la emocional. Sobre todo, trastocada rompiendo el silencio: Voy por las calles en plena noche de sábado. El equipo local de fútbol ha ganado una competencia y la gran masa, también local, ha decidido inopinadamente tomar por asalto las avenidas para llenarlas con vítores al objeto de su afecto y, de paso, dar en la torre a la calma nocturna.

Entiendo que no es menester entonar porras y cánticos pamboleros en voz baja, casi hablando para dentro. Pero al parecer la euforia, ligada a la necesidad de festejar, se vuelve una combinación peligrosa para el sigilo. El escándalo se prolongó un buen rato, mezclando gritos, cornetas, matracas y todo cuando había al alcance para hacer barullo.

La tarde del domingo el viacrucis continuó con la misma celebración como razón de ser, comprobando que no hay llenadera cuando se trata del relajo y la pachanga. Este caso, que no por poco recurrente es menos lesivo, se suma a otros tantos que dan pauta a llenar de escándalo calles y plazas públicas.

En una variante del bullicio, los insufribles jinetes del “apocalipshit” moderno, los chafiretes de camiones urbanos, ilustran el caso con el ruidero de sus cacharros. Pero también las bocinas de los autos tuneados de los rápidos y jariosos, dando cuenta además del horrendo gusto musical del conductor. Y la megafonía de los chatarreros y esa perorata en pos de fierros viejos que se vendan.

Y para rematar está esa plaga de cualquier ranchería, delegación o barrio donde la raza pretenda quedar bien con la deidad a la que rinde pleitesía. Y que con cohetones hace público el tamaño de su fe y las inexplicables razones para escandalizar el ambiente. Al parecer a las autoridades les importa poco la salud auditiva de bebés, adultos mayores y mascotas. Y prefieren ceder a los usos y costumbres antes que procurar el bienestar común.

Hace años Joaquín Sabina solía comenzar una de las canciones que conformaban su repertorio con la frase: “Mis padres vivían encima de una discoteca, todas las noches se quejaban, los de la discoteca, porque hacían mucho ruido”. La sentencia es de una poeticidad irrebatible y de un implacable sentido del pragmatismo, por no decir toda una lección de malos modales. Ojalá todos los ruidos fueran así.


Google news logo
Síguenos en
Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.