Estamos ante una realidad en la que cualquier cosa que se diga, por muy disparatada, puede ser tomada por cierta. Y otra que, sin importar lo sensata que parezca, se mira como una fumada más. Posverdad es una manera de comprender el destino de una y otra versión del presente.
En el retrete virtual que es la red “X” leí algo que cualquiera podría firmar como cierto y también como falso. Y como se sabe en estos casos y en estos tiempos, a la usanza de los chamacos de El cuarteto de nos, “la verdad es que no hay una verdad”.
David Faitelson, el provocador más eficaz que existe en el ámbito deportivo local, publicó hace días: “Se viene un problema: Estados Unidos advierte que los influencers que hagan contenido tendrán que tener una visa de periodista. De lo contrario, serán deportados…”.
Con independencia de si es cierto, si se trata de un buscapiés o de lo que sea que se pretenda con el comentario, hay una idea que flota en el ambiente más allá de la euforia pambolera. Esa que se palpa cada que uno de esos entes con teléfono en mano y actitud de comerse al planeta sale a grabar o transmitir.
De un tiempo a la fecha los eventos que más convocan a la gente se han visto infestados por quienes, bajo el pretexto de generar contenido, se conducen como si hubieran reinventado las bases del periodismo y, en general, de la comunicación de masas.
Y bajo el pretexto de contar con la suficiencia de espectadores en los canales que manejan, asumen que su mediación es fundamental para que el planeta se declare enterado gracias a sus dones y agradecido por tenerles vivos.
En este costal se encuentran los que en plan viajero dan cuenta del mundo y sus caminos. Los que preconizan las experiencias como la última de las modalidades del disfrute. Y esos que van por ahí queriendo saciar el apetito a costa de tenderetes que les alimentan, mientras difunden un estilo adquirido por “colaboración”.
Como suele ocurrir, la culpa no es de quienes generan esos bodrios, sino de los que justifican su existencia mirándolos, dando “me gusta”, suscribiéndose y compartiendo las publicaciones. La posmodernidad (con la posverdad incluida) ha traído a los líderes de opinión trastocados en influenciadores para moldear la vida.
Y con ello se ha caído en el garlito de que cualquiera con cierta dosis de simpatía, labia y desenfado, se puede parar frente a una cámara y decir esta boca es mía, justificar arrebatos y ocurrencias, y erigirse en ejemplo monetizante a seguir.
Por fortuna, la justicia es poética y los quince minutos que les tocan para coronar sus afanes son tan vertiginosos como fugaces. Y así como llegaron habrán de irse para beneplácito del sentido común, la inteligencia y la necesidad de discriminar basura de información.