¿Cuántos días deben pasar para que al mundo se le acabe la fiebre por ver correr a unos seres en pos de un balón? Al parecer muchos. En particular si se asiste a la idea de que van a mediar cuatro años para que nuevamente ocurra otro mundial. Por eso una semana no es ni por mucho algo esperable. Aunque la salud mental indique lo contrario y pida clemencia. Por más que el sentido común sostenga que ha sido un poco demasiado.
Se ha dicho y escrito tanto que los días posteriores a la final de la copa han parecido meses. Y todo apunta a la necesidad de parar la maquinaria. Aunque como suele ocurrir con los eventos deportivos, dan para más tela de dónde cortar los momentos previos y la fase posterior al suceso que la razón de todo el numerito. Como sea, más allá del resultado o quizá por ello, los ánimos siguen caldeados y eso que los implicados ya andan dándose la vida de pachá.
Porque lo curioso del caso es que mientras el mundo se rasga las vestiduras, sigue analizando los hechos y dando vueltas a las vueltas, los 52 millonarios que conformaron las escuadras contendientes en la final al parecer han pasado la página y se refinan los últimos días de descanso antes de reportar con sus clubes. Eso si el rigor capitalista no dice otra cosa y terminan recalando en un equipo distinto para seguir con sus carreras como si no pasara nada.
En tanto, parte del mundo continúa enganchada con la discusión de si los argentinos merecen el odio y la funa global. Si habrá castigo ejemplar o no para los rijosos que además de no saber ganar son pésimos perdedores. Si España es tan grande como para dejar huella por años. Y si el Balón de oro lo merece fulano o sutano. En fin. Todo esto en redes sociales, pero también en los medios electrónicos, que siguen sacando raja mientras sea rentable el esférico mundialista.
Hay una escena que se repite en las ciudades de este país, con miles de incautos que sucumbieron a la mercadotecnia mediante el álbum de estampitas, buscando llenar la colección con intercambios luego de más de una semana de terminado el torneo. Y qué decir de las toneladas de artículos que se fabricaron con el pretexto del certamen y que llenan las estanterías de centros comerciales con descuentos cada vez más notorios.
Como sea, el caldo de cultivo posmoderno ha sido el ingrediente en la tormenta perfecta, para que el imaginario colectivo siga teniendo en la cabeza las jugadas, las emociones y los desvaríos que se han tenido que zampar con tal de vivir intensamente el espectáculo del balompié. De ahí que la resaca de partidos no haya hecho mella y que el futbolito de anafre en México, que recién ha iniciado, le haga cosquillas a una fiebre necia en seguir masticando los ecos de algo que ya concluyó.