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Motorización cafre

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La vida del ser humano está plagada de peculiaridades y muchas de ellas pasan por el tamiz del absurdo. Quizá por ello la normalización de las cosas y lo que pudiera parecer un asunto emergente, notorio y hasta invasivo, con el paso de los días va adquiriendo familiaridad, haciendo que los habitantes de este mundo acabemos encogiéndonos de hombros.

Llevo semanas repasando mentalmente el tema con una imagen cotidiana en la vida de los urbanitas, como es la presencia de vehículos de dos ruedas invadiendo las calles de buena parte de las metrópolis excesivamente pobladas, en las cuales la opción más costeable, práctica y eficiente ha sido la motocicleta.

Esas grandes urbes de medio y lejano oriente, atestadas de máquinas de baja cilindrada, en medio de la conveniencia de la escasez de dimensiones y la consecuente cabida en prácticamente cualquier sitio. Y, desde luego, las ciudades de América Latina, cuyos habitantes cedieron a la seducción que ofrecen estos medios de transporte.

Y es en la cauda de inconvenientes que ello implica donde se expone la normalización a la que hemos llegado. Padecer a tal grado las incursiones de muchos motociclistas que surcan las calles, tanto en número como por el cuestionable desempeño de sus ocupantes, da la impresión de haberse convertido en un problema de movilidad pública.

Si las calles de las ciudades infestadas por vehículos de dos ruedas (y también de cuatro) no fueran en el lugar donde circulan sin precaución ni respeto por la ley esos armatostes, no habría mayor problema; sin embargo, para nadie es un secreto que la conducción temeraria que raya lo suicida o en lo estúpido es notoria.

Nos hemos acostumbrado a mirar el escenario público y asumir que lo único que queda por hacer es evitarles a toda costa. Como suele ocurrir, esta categorización no implica la totalidad de los etiquetados, pues siempre hay honrosas excepciones, pero la constante señala a muchos de ellos y así se llevan entre las patas al resto de su especie.

Bien haríamos como sociedad al reparar en estos extravíos de la razón y entender que, literalmente, está en manos de los conductores el cambio de perspectiva. Así como asegurar que llegaran sanos y salvos a su destino, cualquiera que este sea.

En el fútbol se dice que se juega de acuerdo al lugar de donde se es. Resultaría lamentable que las ciudades terminaran señaladas por la forma en cómo se manejan sus habitantes. Y por la parte de sus corporeidades con la cual conducen.


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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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