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Uno sabe cuándo las cosas han ido demasiado lejos. Vaya que lo sabe. Lo que pasa es que se hace que la virgen le habla y deja todo como ha estado. La sobredosis pambolera a la que se ha sometido al alma no es para menos y llega un instante en que comienza a respingar.

El fin de semana me desperté en plena madrugada, con el espíritu dislocado y cierta sensación de hartazgo. Acababa de salir de un sueño en el que el fútbol era el protagonista y el mundialito el contexto. ¿Quién en su sano juicio se rinde a los caprichos de la pelota mientras reposa cuajado?

Alguien que lleva días recetándose partidos, escuchando hablar (y hablando) sobre el tema, leyendo, analizando y, en suma, dejándose llevar por un fenómeno que ha puesto de cabeza al mundo y a su entendimiento del balompié.

Reconozco que es un poco demasiado soñar con el esférico y agradezco que el torneo de marras esté llegando a su cierre. Aunque todavía restan ciertas gotas de felicidad en la forma de semifinales, final y ese agrio premio de consolación que significa el tercer lugar.

Como sea, si algo puede dejar este tinglado hecho para disfrutar desde las patas es el aprendizaje de ciertas cosas (además de que a veces y sólo a veces resulta excesivo), con lecciones que ponen de manifiesto la naturaleza humana.

Primero, que la FIFA opera el negocio más lucrativo del planeta, y que su voracidad es tan grande como la necesidad del pueblo mexicano de festejar algo. Dos, que no importa el costo de los boletos para los partidos, siempre habrá algún clasemediero dispuesto a gastar lo insultante por dos horas de un show impredecible.

Tres, que para los que no consiguieron (o no pudieron) endeudarse en pos de accesos y para el resto de los mortales, las áreas comunes serán una alternativa para la recreación, siempre que no sea todos al mismo tiempo y en el mismo espacio, por aquello de los tumultos.

Cuatro, que sigue siendo tan útil como hace uno, cinco o veinte mundiales, la absurda idea de que una oncena nacional representa el sentir de un pueblo, pero eso sí, hoy es infinitamente más rentable. Y, cinco, que los medios con licencia para transmitir el evento harán cuanto esté en sus manos para granjearse el favor público.

Lo que implica ahorrarse gastos con transmisiones desde el estudio y pavonearse de narrar en el retrete, hasta presumir un despliegue técnico y humano in situ, desmereciendo la calidad de contenido y apostando a formatos gastados y coberturas ordinarias.

Total, que la fiesta de la caprichosa redonda se va extinguiendo y con ella surgen las ganas de desintoxicarse de la sobredosis del deporte que le acompaña. Al menos hasta que comiencen los torneos domésticos de a deveras (por ahí de mediados de agosto) y vuelvan a dejarse ver los astros.


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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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