Cultura

Adicción celular

Estábamos en medio de la grabación de un programa de radio cuando, en medio de uno de esos remansos que a veces hay, comenté que un invitado había confesado que estaba en el baño cuando tomó la llamada telefónica, por lo que pedía unos instantes en lo que, digamos, salía de su apuración. “¿Quién va al baño con el teléfono?”, osé preguntar a la concurrencia. “¡Todos!”, dijeron al unísono. “¡Todos menos tú, Charly!”, agregó uno de esos entes aciditos que suelen estar de más.

Lo que siguió fue un alud de preguntas y de miradas suspicaces. “¿Qué?”, respondí. “El teléfono que tengo nunca ha sido usado en el baño”. Me miraron con cierta condescendencia, intuyendo que mi asunto carecía de remedio. “¿Sabían que 7 de cada 10 aparatos tienen residuos fecales en la superficie?”, dije sin miramientos. Los presentes pasaron del asombro a estar de acuerdo y luego a encogerse de hombros. No recuerdo a ciencia cierta dónde di con esa cifra, pero no es descabellada en absoluto.

Para nadie es novedad que la gente que requiere usar un sanitario público o privado suele acudir con el celular como acompañante. En especial porque sirve de entretenimiento mientras todo sale bien. Resulta curioso que el papel que antes cumplía una publicación impresa ahora lo desempeñe ese aparatejo del infierno que tiene a gran parte del planeta enajenado. El colmo de la obsesión lleva a que los usuarios dediquen los minutos que se necesitan para una deposición en paz, a la práctica de un videojuego, a una llamada o un mensaje de texto.

“La vida es eso que transcurre mientras nos preocupamos por vivir”, rezaba hace tiempo la entrada de un programa en Radio Mexiquense. Pues bien, la vida en tiempos de nomofobia (del inglés no-mobile-phone-fobia) es lo que pasa en tanto andamos embebidos con el celular, diría hoy mismo cualquiera con un par de dedos de frente. Y no importa la edad, aunque, claro, entre más novel sea el incauto la enajenación es mayor, por el atractivo que se brinda desde la pantalla. No exageran los agoreros que advierten los males a atender por la fisioterapia en el mediano plazo derivados del abuso del dispositivo.

El problema que se advierte en esencia es que pensamos el teléfono personal como extensión humana permanente y dependemos de su halo protector. Para entretenernos, para invertir el tiempo y perderlo, para no hacer nada y hacer todo por igual. Comprendo la utilidad que encierra y lo útil de sabernos localizables, pero a la usanza del control remoto de la televisión, que Giovanni Sartori definía como el remoto control que se tenía sobre ella, no sabemos qué hacer sin su presencia y tampoco con ella.

fulanoaustral@hotmail.com

@fulanoaustral

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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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