En noviembre del año pasado asistí a la investidura del Salón de la Fama del Futbol en Pachuca. Una noche inolvidable, gracias a un personaje.
Cuando el Tigre Sepúlveda tomó el micrófono teníamos poca idea de lo que haría.
Sin embargo, se robó la noche, cantó insultos ante el América que conmovieron a todo el auditorio. No hizo falta pronunciar el “que chingue a su madre el América”, para que todos entendiéramos a que se refería.
Sepúlveda fue el rey de la velada y mostró el fenómeno que pueden causar los ídolos de esta naturaleza. Hasta Matías Almeyda, que seguramente no conocía los episodios de los que estaba hablando en su rima , aplaudía la osadía de un icono del Guadalajara.
En la madrugada del jueves pasado vimos a una burla, un chiste, un intento de protagonista esconderse detrás de sus compañeros para balbucear una provocación absurda. Arruinó una noche que era de Chivas, de Almeyda y de los que le siguen a muerte.
Rodolfo Pizarro dijo alguna estupidez que solo él entendió y luego pretendió no ser él quien tomó el micrófono. Rápidamente le pidieron que se disculpara y en las limitantes de su lenguaje no dijo nada, le atribuyó a la “euforia” su falta de manejo del triunfo.
Sin valor para respaldar sus propios dichos, se retractó de la manera más tímida que pudo hacerlo, sin fondo ni forma, con cara de regañado.
Mala noticia Rodolfo, nadie va a olvidar que mandaste al América a “chingar” a su “puta bomba y negra madre”, lo que sea que eso signifique y todos vamos a recordar que antes de 24 horas te disculpaste sin saber porqué era necesario hacerlo.
Las figuras como Sepúlveda no se dan hace varias décadas, pero los americanistas agradecen a aquellos que mantienen viva la hoguera de la rivalidad.
Los cobardes se olvidan pronto.
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