Política

Precipicio a la vista

  • Columna de Bruce Swansey
  • Precipicio a la vista
  • Bruce Swansey

Sentados delante de una pared roja con el logo del laborismo, Yvette Cooper, Wes Streeting, Angela Rayner y Shabana Mahmood, entre filas de laboristas con la mirada atenta a su izquierda, sonríen para no delatar los caninos. Olor a sangre todavía caliente. Disfrazan mal su ambición calculando el momento oportuno para saltar sobre la presa. Cae la primera cabeza, pero no se saciarán.

Morgan McSweeney, quien hasta el domingo 8 ocupaba el puesto más importante del gabinete, decidía el acceso al primer ministro, mantenía en orden la caballada de diputados, filtraba la información, decidía qué asuntos eran prioritarios e influía en la estrategia política del gobierno, fue el primero en caer. McSweeney es irlandés de nacimiento y entre otros logros se le atribuía haber organizado el relevo de líder en el laborismo que reemplazó a Jeremy Corbyn con Keir Starmer y, con ello, impulsó el péndulo político de la izquierda al centro y según los leales a Corbyn, a la derecha. McSweeney forma parte de Labour Together, un grupo dedicado a analizar cuanto permita al partido conservarse en el número 10 de Downing Street. Su caída, seguida de la de Tim Allen, director de comunicaciones, es apenas un adelanto en la cacería. El psicodrama del poder político.

Después de una victoria arrolladora hace 18 meses que le garantizó un gobierno con mayoría sobrada, Keir Starmer, el primer ministro del Reino Unido (RU), ha padecido un primer año de gobierno accidentado. Decisiones mal tomadas, declaraciones destinadas al coqueteo con el electorado xenófobo, rectificaciones que sugieren vulnerabilidad, elecciones que revelan escasa astucia política y la ansiedad de un hombre íntegro que ha comprometido su reputación a cambio de asegurar la relación “especial” al otro lado del Atlántico, se juntan para debilitarlo. Parte del primer año de Starmer como primer ministro ha sido invertido en procurar al factor naranja y en dar los primeros pasos para remediar el desastre de Brexit esforzándose por reparar la relación con la Unión Europea (UE).

En el plano internacional Starmer ha sabido sortear la turbulencia política del cambio radical de Occidente, con la UE asediada por Rusia y no menos por su principal aliado al otro lado del Atlántico. Nacionalmente, sin embargo, su popularidad ha disminuido alarmantemente. Ni siquiera su política orientada a rescatar de la más abyecta pobreza a la niñez desfavorecida ha sido suficiente para que la opinión pública valore su trabajo. El pópulo es voluble y prefiere a los pícaros porque satisfacen su regocijado cinismo.

Starmer calculó que para el pantano en el Potomac lo adecuado era enviar como embajador una serpiente. El nombramiento de Lord Peter Mandelson parecía coherente: un negociador hábil, relacionado como nadie, astuto, poco escrupuloso y nada ajeno al círculo del poder en Washington, donde compartía con el Armagedón la amistad de Jeffrey Epstein.

Con Tony Blair y Gordon Brown, Mandelson fue uno de los creadores de New Labour que rescató al partido volviéndolo la opción de gobierno más popular. El último escándalo de Mandelson puede ser el último de una carrera exitosa que termina en la infamia y en una investigación policial.

Durante el tiempo en que Mandelson fue ministro de Finanzas, en 2009 le participó a Epstein planes confidenciales acerca del rescate bancario por valor de 500 mil millones de libras. La investigación además señala que Mandelson también discutió con Epstein el plan del gobierno británico para un impuesto sobre los aguinaldos de los altos funcionarios bancarios en la estela de la crisis del 2008. Cuando Mandelson ya no estaba en el gabinete Epstein hizo tres depósitos cada uno por 25 mil dólares a favor de Mandelson, que no recuerda. La falta de memoria es una ventaja que los políticos valoran y usan ad libitum. ¿75 mil dólares?, preguntó Lord Mandelson antes de desaparecer como Houdini.

Su caída arrastra al primer ministro, quien al nombrarlo su embajador en Estados Unidos conocía sus lazos con Epstein. Parte de la responsabilidad de tal nombramiento es de Morgan McSweeney. La crisis del gobierno laborista se ha agravado a partir del escándalo Mandelson, que ocurre en un momento cuando la estrategia de crecimiento, tan necesaria para estimular la producción en el RU, todavía no cuenta con tiempo suficiente para mostrar resultados. Su potencial para arrastrar al primer ministro es tal que se dice que su caída no es una cuestión de probabilidad sino de tiempo. Los posibles herederos afilan las garras en nombre de la integridad del partido.

Reemplazar a Starmer, sin embargo, no es sencillo. Primero habría que reunir 80 firmas que solicitaran su remoción. Después habría que contar con un candidato. Angela Rayner, por ejemplo, si no fuera porque debió renunciar a su puesto en el gabinete debido a un conflicto con el fiscal de Su Majestad que aún no se aclara. O Wes Streeting, actual ministro de Salud, si no fuera por su amistad con el infame Lord Mandelson. Shabana Mahmood, actual ministra de Interiores y responsable del endurecimiento de la política anti inmigratoria, carece del peso suficiente. En cuanto a Andy Burnham, alcalde de Manchester, primero tendría que ser elegido diputado en las próximas elecciones locales, pero la cúpula bloqueó esta posibilidad, en parte para asegurar la estabilidad de un gobierno con mayoría, fundamental para el mercado. Hay otros posibles candidatos, pero ninguno plausible para unificar al partido y menos aún al electorado.

Por otro lado están las próximas elecciones en Gales y Escocia, donde el laborismo enfrentará una dura competencia de los partidos nacionalistas locales, la erosión de la confianza en el laborismo que en Gales era sólida desde 1999 y la vitalidad de partidos emergentes. La remoción de Starmer podría agravar la actual precariedad del laborismo. El lunes 9 Anas Sarwar, líder del laborismo en Escocia, pidió la renuncia del primer ministro en un intento golpista que esperaba ser apoyado pero que, en cambio, lo aisló. La respuesta del gabinete ha sido unánime subrayando la necesidad de que el partido permanezca unido en torno de Starmer para realizar su plan de gobierno. De lo contrario, su fragmentación puede jugar a favor de Reform UK y en general de la extrema derecha etnonacionalista.

El primer ministro ha declarado su decisión de permanecer: “Después de todas las batallas que he librado para cambiar el país no estoy dispuesto a renunciar al mandato ni a la responsabilidad y sumir el país en el caos como han hecho otros”.

Otra posibilidad es que el reemplazo de Starmer resucite el fantasma del corbynismo, es decir la izquierda que condujo al laborismo al borde de la extinción.

En favor de la gestión de Starmer puede argumentarse que su administración ha reducido esperas interminables en la salud pública, los intereses bancarios han bajado, la inflación también, se avanza en la reconstrucción de los servicios públicos y se ha reducido la pobreza extrema de la niñez desasistida. Lo que hace falta es informar eficazmente a la población para recuperar la confianza en el gobierno de Starmer y hacer que el voto por el laborismo no sea sólo un voto contra la extrema derecha. Las elecciones locales en Gorton y Denton a fin de mes y más decisivamente las de mayo en Escocia y Gales decidirán el futuro del primer ministro. O antes, frente al precipicio que Starmer parece incapaz de evadir.


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