Política

Dimensión desconocida

  • Columna de Bruce Swansey
  • Dimensión desconocida
  • Bruce Swansey

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Recientemente los jueces de un concurso de relato debieron discernir con especial cuidado entre el material seleccionado. Se temía que algunos de esos cuentos hubieran sido escritos por máquinas, un aspecto de la inteligencia artificial (IA) que se ensaya como escritora. El evento no es extraordinario. Desde hace tiempo los docentes deben hacer algo similar con los trabajos de sus estudiantes que dejan a la IA la carga de escribir un ensayo bien razonado y estructurado. Tanto, que no parece humano.

Si están de acuerdo con un futuro en el que los seres humanos sean un apéndice prescindible de las máquinas, bienvenidos a la revolución digital. Según sus promotores y sobre todo según los dueños de las grandes empresas digitales, la IA es el instrumento de un cambio que beneficiará a la humanidad permitiéndole vivir mejor y trabajar menos.

El argumento no es nuevo. El advenimiento de la revolución industrial se justificó de la misma manera. La máquina sustituyó al trabajador desplazándolo del campo a la ciudad en busca de otro tipo de trabajo. El proletariado lumpen surgió de esa fractura geográfica, económica y social. También surgió el marxismo, el comunismo, el socialismo y un siglo de utopías concebidas como alternativas ante las consecuencias del auge mecánico. La clase oprimida desarrolló una conciencia que promovió la organización mediante los sindicatos y en lugar de las jornadas de 14 horas se luchó por la actual de ocho horas diarias y derecho al fin de semana dedicado al asueto. Pero para alcanzar esto una generación debió sucumbir aniquilada por desarrollos tecnológicos que la hicieron superflua.

La revolución digital ya ha creado una barrera generacional que también lo es de clase y que contribuye al sostenimiento de un lenguaje articulado desde los centros de poder que imponen su visión del mundo. Edward Said empeñó su carrera en analizar la manera como el discurso imperial construye la historia y la IA no es la excepción de los productos generados no sólo para conducirnos a la nueva Arcadia sino también para marcar el derrotero de esa peregrinación. El medio es el mensaje, como lo señaló Marshall McLuhan hace medio siglo.

Pero si consideran que la IA implica un cambio que exige claudicar de lo que nos distingue como seres humanos, urge regular una industria que ya ha demostrado su poder de manipulación mediante la desinformación, la ampliación del rumor y la ilusión de vivir la aventura de los conjurados.

Hace años Joaquin Phoenix se enamora perdidamente de Siri, que no existe fuera de sus diálogos en la computadora. Confundir la fantasía con la realidad no es nuevo. Don Quijote se enamora de una doncella ideal que sólo existe en las novelas de caballerías y Emma Bovary a su vez pierde el seso por un ideal romántico que sólo existe en las novelas sentimentales. La diferencia está en que hasta Flaubert los libros eran patrimonio de pocos mientras hoy la revolución digital incluye masivamente a los consumidores. La demencia se ha generalizado.

La nuestra es una época paradójica porque nunca hemos estado mejor conectados y sin embargo también más aislados. La soledad que lleva a Emma Bovary a inventarse una historia que no le compete a su amante Rodolphe Boulanger es similar a la que conduce al personaje de Phoenix a confundir la aplicación digital con una relación real. Hoy la IA también provee terapeutas y sacerdotes.

La soledad es un problema social que afecta a todas las edades como lo muestran los juguetes de IA provistos de un modelo que les permite mantener conversaciones abiertas con niños entre los cuatro y los ocho años y que promete una solución al aislamiento infantil. Son los amigos ideales con quienes formar relaciones “parasociales” cuando no existen las reales.

La economía de la soledad ya plantea la posibilidad de remplazar a la familia con programas que afirman ser mejores como padres. A falta de contacto físico hay emojis de besos y abrazos.

La IA promueve una comunidad artificial que puede ser convocada instantáneamente. Su capacidad para manipular los sentimientos de exclusión social y para articular el resentimiento es inédita. Depende de lo que cada usuario aporta al chatbot, que regurgita y amplía la información. Es el caso de los grupos que se reúnen para protestar invadiendo súbitamente las vías públicas en una marea humana incontenible cuyo fin es la destrucción. Provenientes de lugares distintos y aun remotos, quienes participan en los blitzkrieg urbanos lo hacen seducidos por su propio deseo de sentir que momentáneamente se han sacudido la morosa impotencia que confina sus días sin huella.

En este sentido la IA es un arma poderosa para aglutinar lo que antes latía disperso, producir consenso y provocar la acción inmediata. Los jóvenes entre 18 y 24 años son especialmente vulnerables al canto de las sirenas revanchistas y justicieras, promoviendo el endurecimiento de prejuicios como la xenofobia, el racismo y el sexismo. Acorralados por la falta de esperanza, ajenos al estudio y alérgicos al trabajo en el que no ven una fuente de realización personal sino de oprobio y explotación, los jóvenes se identifican entre sí por su arrojo uniformado. No hace falta más que las ganas de partir cráneos.

La IA ha posibilitado la creación de un sector social tan ignorante como cínico, que opta por la vida ficticia del conjurado en nombre de la cruzada contra los inmigrantes y que se define por la radicalización de una masculinidad compensatoria. En un mundo cambiante, donde las oportunidades profesionales para las mujeres con frecuencia los sitúan en una posición inferior, estos miembros de la machosfera son misóginos. Ante este panorama muchas mujeres prefieren las relaciones virtuales, lo cual ha producido el drama de los machos vírgenes a su pesar.

La IA también ofrece la posibilidad de consolar a quienes encuentran el duelo insoportable. Para combatir la pérdida es posible crear un avatar del ser querido que de esa forma trasciende la muerte mediante las huellas digitales que se usan para reconstruir el fantasma. La galería de espejos ofrece toda clase de ilusiones reemplazando la realidad con su reflejo.

Cabe preguntarse cómo será la nueva normalidad en la que será indiscernible la diferencia entre la máquina y el ser humano. ¿Qué tipo de relaciones pueden esperarse en un mundo “mixto”? Estos cambios ocurren diariamente sin que hasta el momento los gobiernos reaccionen para enmarcar la acción de la IA y evitar que se consolide como yugo al servicio de unos cuantos.

Existen ya iniciativas para controlar a las compañías productoras del nuevo desorden programado, pero hacen falta medidas más drásticas. Prohibir su uso a los menores de 16 años es un paso, pero todavía tímido. Yvette Cooper, ministra de Exteriores del Reino Unido (RU) identifica la IA como un instrumento que amenaza la seguridad nacional mediante la interferencia extranjera en las elecciones con el propósito de subvertir la democracia occidental. Liz Kendall, secretaria de Tecnología, advierte del peligro de que 70 por ciento de la IA esté en manos de compañías norteamericanas y de la necesidad de impulsar la competencia europea. Dentro de 20 años será demasiado tarde para decidir ser o no una máquina. Se vive en el umbral del “transhumanismo” de seres genética y técnicamente alterados donde tal como sucede con Frankenstein, la máquina se libera de su creador. La conciencia es un misterio como lo que mantiene la identidad a pesar de los cambios, pero es un misterio que puede ser reconstruido y apropiado para simularlo a la perfección. Bienvenidos a la dimensión desconocida.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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