En un estallido de violencia que no se veía en Belfast desde la época en que republicanos y unionistas se acechaban, grupos delincuentes arrasaron las calles al este de la ciudad. Avanzaron sin que nada pudiera detener el ataque sorpresivo para afirmar enérgicamente su rechazo de los inmigrantes. Convertidos en caballo de batalla, cualquier persona morena se afana por evadir vigilantes sin oficio ni beneficio y sin compromiso ideológico fuera de su vehemente racismo. Curiosamente, donde el estallido tuvo mayor fuerza fue en áreas unionistas.
En las redes se propuso la solidaridad entre unionistas y republicanos unidos contra los inmigrantes. Las divisiones entre unos y otros han impedido una acción conjunta.
“Imagina que de pronto varios te tumban la puerta. Inmediatamente las injurias, las amenazas, los insultos para aturdirte. Y sabes que de nada vale invocar tus derechos humanos”.
Los autobuses fueron cancelados. También las escuelas. Los empleados permanecieron en sus casas, salvo alguna enfermera que fue perseguida por un grupo de lobeznos. Incluso la ópera fue cancelada. Los intérpretes no se sienten seguros.
El gobierno de Starmer no ha solucionado el problema que implica acomodar a decenas de miles de inmigrantes, detenidos en un limbo en condiciones precarias, familias hacinadas en un cuarto de hotel. Además de la inhumanidad este arreglo representa un costo para el erario público que se añade a la cuenta pendiente de los criminales convencidos de que ese dinero es suyo y que por tanto el gobierno se lo roba. Para favorecer a quienes según ellos no tienen derechos.
Las explosiones en Southampton y luego en Belfast son otro capítulo de la pobreza fabricada. El verdadero problema no son los inmigrantes, sino la incompetencia del gobierno para solucionar la crisis de los servicios públicos y especialmente el grave déficit de vivienda. El problema es la falta de inversión en los sectores sociales que más lo necesitan. También lo es la creciente desigualdad social entre Londres y el resto del Reino Unido (RU) y la concentración de la riqueza.
En un mundo cuyas contradicciones son evidentes, los inmigrantes son las víctimas expiatorias: es más fácil señalarlos que analizar el proceso que ha convertido a los vándalos en apéndices indeseados de una sociedad en la que no tienen lugar.
La diferencia actual es que la lucha sectaria se ha convertido en un pogrom.
¿El saldo? 12 policías heridos, 16 asaltantes arrestados, familias que perdieron sus casas, coches incendiados, propiedad pública destruida y el amargo recuerdo de los tiempos en los que Belfast era un escenario bélico diario, una época que los irlandeses del norte desean evitar a toda costa.
Hadi Alodid, africano de Sudán, atacó con un puñal cebollero a otro hombre, blanco, y lo apuñaló en el rostro, el cuello y la espalda el lunes 8 de junio. El martes se reunieron los justicieros enmascarados y cubiertos con capuchas. La rapidez con que son convocados y organizados recuerda que desde la Primavera Árabe en 2010 las redes sociales demostraron su eficacia en el manejo de masas. La violencia es la única manera a su alcance para recuperar la dignidad perdida. Descartados antes de nacer y sin futuro en el panorama de la revolución digital estos rebeldes ni estudian ni trabajan ni tienen esperanza.
El miércoles los disturbios continuaron. Ladrillos arrojados, fuego, vidrios estrellados, tambos de basura incinerados, restos de verjas arrancadas de las casas vecinas.
“La gente está asustada porque el gobierno no los escucha”.
Eso declara Farage. En parte tiene razón porque las hordas saben que su voz no cuenta. Por eso prefieren la acción en la que encuentran la ilusión de transformar su marginalidad en un momento de éxtasis.
Escuelas cerradas, transporte cancelado, una celebración de la violencia que se revuelve contra sí misma porque los destrozos significan una enorme pérdida de servicios públicos.
El estallido en Belfast tiene otro corolario que consiste en el cuestionamiento de lo que se conoce como Common Travel Area entre el RU e Irlanda. Este corredor existe desde comienzos del siglo anterior y es la expresión no sólo de un acuerdo bilateral sino de la aceptación de una frontera porosa, imposible de sellar. Sin embargo, dado que Alodid entró al RU desde Dublín, muchos exigen extremar la vigilancia entre el Ulster y la república. Son exigencias que recuerdan una época que todos desean superada porque ha tomado un cuarto de siglo elaborar el horror de una existencia asediada.
La creación de un espacio común de la ultra implica un nivel de organización y lealtad notables. Su eficacia es ejemplar porque supone un plan detallado y riguroso. Es el espacio de las consignas. La capacidad de atención de la Gen Z se ha reducido al de las gallinas, así que la actuación en el mundo responde a tres palabras juntas, máximo cinco. Más que lenguaje, son órdenes que condensan años de rencor, aburrimiento y la odiosa sensación de lo que por ser blancos es suyo pero los evade.
Las redes sociales y su motor capturan a su público y la moldean según sus más profundas frustraciones. Son la galería de espejos de los emasculados con capuchas. La anomalía envalentonada, justificada y convocada para actos de vandalismo. Dadas sus consecuencias hay quienes piden multar a las plataformas por los destrozos de su incitación y organización, claves para amedrentar a las autoridades. Si Musk estuviera obligado a pagar multas por boquiflojo ajustaría su lenguaje y su intervención en los asuntos públicos. Un 6 por ciento de su ganancia anual lo silenciaría inmediatamente.
Multar millonariamente a estas empresas trillonarias es el proverbial pelo del gato. No es sólo el dinero lo que puede responsabilizar a los dueños del espacio subversivo, sino la conciencia de que es necesario negociar los límites. Southampton, luego Belfast y lo que siga. De permitir este vandalismo justiciero, el RU pone su futuro en manos de quienes sin asumirlo acotarán más la estrechez del país. La regulación de estos “medios” es urgente.
El ajuste de cuentas comenzó ya con la iniciativa legal para prohibir el uso de plataformas para menores de 16 años.
Dejar pasar el tiempo sin actuar implica una claudicación de la humanidad ante Frankenstein que esta vez, libre de emociones, viene por todo.