Osvaldo llega al lugar acordado alrededor de las 8 de la noche. Arribó directo del trabajo, pues el punto de reunión le quedaba cerca. Al entrar al lugar, de ambiente sombrío, se percata de que entre los presentes se pueden ver muchas parejas de todos los gustos, sabores y colores. De manera apresurada, sujeta su chamarra y su mochila, pasa entre las mesas murmurando disculpas y llega hasta donde se encuentran Brena, Sebastían y Consuelo. Entre peripecias, nuestro nervioso sujeto logra dejar sus pertenencias en el piso, toma asiento y exclama ante los presentes -¡No nos volvemos a reunir para trabajar el pliego petitorio, en un café, en pleno 14 de febrero!
Desde sus inicios, en el norte de África y Medio Oriente, el consumo de café fue considerado para socializar, principalmente entre varones y, poco a poco, con el objetivo de crear grupos de diálogo, discusión o simplemente filosofar en torno a un tema de actualidad. Con el paso de los años, y la difusión de esta bebida entre el mundo occidental, su consumo y entorno la colocó como una bebida civilizatoria, despertando el interés de las élites y configurando espacios exclusivos para su consumo y exhibición.
De esta manera nacen los cafés, o cafeterías, donde además de disfrutar de esta bebida se podían degustar pasteles, postres y, aunque ahora pareciera extraño, helados. Durante la Belle Époque, en Francia, el acudir al café se adoptó como práctica de los grupos intelectuales, simbolismo que se repitió en América y, por ende, en México. Durante el proceso de construcción de nación, durante el siglo XIX, la búsqueda de una identidad nacional albergó varios espacios sociales, uno de ellos fue el café.
Como lo menciona Carla Medina Torres en su artículo Los cafés de México bajo la mirada de Clementina Díaz y de Ovando, publicado en el número 206 de la revista Km Cero, fue en el Café Manrique que estaba en la esquina de Tacuba y Monte de Piedad, donde Miguel Hidalgo y Costilla inició su participación en la insurrección que diera paso a la revolución de Independencia. Posterior a esta transformación nacional, en torno a la Plaza Mayor comenzaron a instaurarse numerosos establecimientos del mismo giro.
Esto sugiere que la vida política de la nueva nación se pudo dar en torno a una taza de café. Cabe resaltar que dentro de estos espacios se podían encontrar juegos de mesa como ajedrez, dominó, bolos y hasta billares. Aunque las cafeterías nunca dejaron su interior íntimo o sombrío, el público que lo frecuentaba por su ambiente erudito cambió con la entrada del siglo XX, ahora parejas de enamorados recurrían a él en búsqueda de un espacio propicio para el cortejo. Y para el último cuarto de siglo, el modelo de restaurante norteamericano, de tipo servicio completo con cafetería, dio un golpe crucial. Convirtió la acción de degustar un café en un momento de charla banal, lejos de las reflexiones filosóficas o entramados políticos.