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Lunes , 20.05.2019 / 15:57 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Para dónde y cómo mirar

Augusto Chacón

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Quizá la historia de las sociedades, de una en una, la podamos figurar como un globo: en el comienzo, apenas un flácido pedazo de látex circunscrito a sí mismo, salvo en uno de sus extremos, por el que puede colarse lo externo pero también fugarse lo interno; después algo, digamos la voluntad de alguien que además tiene boca para ejecutar la maniobra, insufla aire en aquello flácido que gana rigidez y, globo nuevo, brillo: qué bonito, erguido y abombado, reclama fiesta, risas, gozo pueril. Bien sabemos, si un globo se infla el holgorio es inminente, como sabemos que ningún festejo permanece y que ningún globo es eterno, se distienden con el paso del tiempo y la textura que adquieren es, hasta cierto punto, repulsiva: un globo con poco aire, lacio, deja la sensación de un pellejo inerte, su flacidez no es la original, se volvió otro. Pero también puede suceder que algo, digamos la voluntad de alguien que además tiene un objeto puntiagudo en la mano, provoque que el aire que torna más globo al globo, súbitamente escape, con una explosión o con un silbido; un globo así sacrificado no alcanza el homenaje mínimo de que lleguemos a tenerlo en las manos, al final lo barreremos con los otros desperdicios que la escoba encuentre a su paso, ni una lamentación de extrañeza por la respuesta del globo al tacto: del recogedor al bote de la basura.

Sociedades globo, de su estar exiguamente perceptible a su destello deslumbrante, con aires de inmortalidad, y a su declive; algunas dejan huella de su existencia, ruinas, arte, códigos, modos y costumbres, souvenirs del lapso en que fueron globos festivos; otras desaparecen abruptamente, con lujo de tronido, y unas más se desvanecen al soltar despacio el resuello que las hinchó; a las dos la barredora de la marca olvido las abisma entre los desechos.

No es desagradable la analogía; claro, la grandilocuencia del inicio del artículo, “historia de las sociedades”, despista, memorables globos de la cultura universal: Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, los mayas, los aztecas, la China antigua. (Eso ocurre cuando nos empeñamos en escribir frases que siempre quisimos publicar: la historia de las sociedades). No es para tanto, no pensemos en historia, es más, no pensemos en sociedades, pensemos en momentos de un país, menos aún, pensemos en la duración de los gobiernos de un país: gobiernos globo.

Intentemos un comienzo diferente. Quizá el paso de los gobiernos, de uno en uno, de cualquier orden, lo podamos figurar como un globo: en el comienzo, apenas un flácido pedazo de posibilidades circunscrito a sí mismo, salvo en uno de sus extremos, por el que puede colarse lo externo, pero también fugarse lo interno. Nomás que con los gobiernos, el caso es averiguar quién o quiénes son los que soplan para que adquieran el porte de símbolo del poder, de la autoridad; en teoría, son los ciudadanos, al votar y darles la responsabilidad de atender y dar rumbo a lo común, pero, por los efectos que produce eso, la gestión de lo colectivo, parece que esto que la teoría considera, que es la gente la que sopla, alcanza únicamente para dar a los gobiernos la calidad de goma amorfa, pura potencia; la realidad es que los soplos que en verdad los inflaman, hasta la soberbia, son de unos cuantos, los mismos que en un punto, si se les antoja, dejan de soplar o los pican, al cabo para ellos es que está siempre destinada la verbena. Lo que sí corresponde a las y a los ciudadanos es barrer los globos ponchados, y los escombros, luego del cíclico guateque, y quedarse entre las manos con los deshinchados y repugnantes, sabiendo que no queda sino hacer gestos. Por eso la reelección hace no tanto nos resultaba insufrible: un globo desguanzado no recobra su lozanía, aunque lo inflen los mismos, o similares.

A qué viene todo esto. Quién sabe. Ha de ser el sorpresivo calor, propicia mezclar historia, adivinación y fiesta.


agustino20@gmail.com

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