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Columna de Augusto Chacón

Narrar o ser narrado

Augusto Chacón

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Nos contamos la historia en futuro del modo indicativo: habremos, y cuando lo alcanzamos, la historia que nos decíamos la relatamos validos del verbo haber conjugado en pretérito del modo subjuntivo: hubiéramos. Pero el presente es tenaz, no deja lapso para sostener la ensoñación contenida en lo que hubiéramos hecho y nos impone otra variación del verbo: hemos; hemos de trabajar, de construir, de reparar, de adaptarnos, de ir siendo, de uno en una, como comunidad. Aunque, azuzados por las sucesivas crisis y por los solucionadores de ocasión, solemos volver al futuro que jamás se apersona tal como lo anhelamos, sólo para recomenzar la historia imposible: pronto, gobernados por el que sea, del partido que quieran, habremos de ser felices, prósperos, justos, igualitarios, incluyentes, hasta que un tiempo después nos reencontramos en el presente y, echando la vista al pasado, recitemos el recurrente reclamo entrañado en: hubiéramos.

Lo paradójico es que cuando los autoproclamados líderes delinean un porvenir que pretenden hagamos nuestro como si estuviera a punto de suceder, parten del presente que sólo ellos perciben. Una muestra es el muro que Donald Trump está empeñado en construir en el linde entre su país y México; a pesar de la terquedad trumpiana para cronicar un presente terrible, merced a la invasión, dice él, que la súper potencia sufre desde el sur, al grado de “emergencia nacional”, nadie le cree, salvo los ignorantes y los racistas que salivan cuando lo oyen hablar. En Venezuela hay dos contadores de fábulas que intentan hacer pasar por buena sus versiones del presente y del futuro; al primero, Nicolás Maduro, perder audiencia todos los días le tiene sin cuidado mientras el ejército y quienes controlan el erario sigan deleitados, así sea porque salen ganando con la descripción que aquél hace de la vida. En tanto que el otro fabulista, Juan Guaidó, es creíble para muchas y muchos; coincide con jefes de Estado de otras naciones y con multitudes de venezolanos al describir el presente y perfilar el futuro, ése que por lo pronto se trae en la lengua.

Y nos abisman ante el dilema: el facilismo de atender la narración de una persona con poder, y darla por buena, con el presente y el porvenir que en ella caben, o asirnos a la nuestra y ponerla en conversación con la de quien gobierna; no para reducir el presente y el anhelado futuro a nuestros deseos y necesidades, mecanismo, individualizar, que ha sido germen de lo malo que hoy nos violenta; para cantar nuestra historia y proponernos cierto devenir debemos reconocer que somos, vamos siendo, y que hacemos y deseamos y soñamos, en comunidad, lo que atañe a uno, bueno y malo, afecta al resto, y lo del resto modifica a uno.

Por supuesto, no hablamos de narración, de historia, como la colección de minucias con las que los gobernantes se las ingenian para trasladarnos al páramo que habitan, en el que los aconteceres que nos desgarran no tienen lugar, pues nomás, apenas, son parte de la rutina de gente que ellos no conocen; las que los gobernantes nos cuentan discurren por una vía otra y principal: reestructurar la burocracia, llamar al director secretario y al jefe coordinador, amenazar delincuentes que no conoceremos y afirmar que, andando el tiempo, y si les concedemos una credulidad acrítica, su narración modificará nuestro futuro. Nos conformamos con la inminencia porque sabemos que llegará el día en el que recurriremos al salvífico hubiera, en tanto al presente lo atendemos con el mecanismo más a la mano: individualizarnos y adaptarnos. El meollo, la salida, está en cuántos, cuántas, quieren que su historia sea tomada en cuenta para verse reflejada en los planes y en las acciones de los responsables de darle vida y sentido el pacto social que nace de afirmarnos una república: todo es de todos y cada cual comporta una dosis de lo común y del presente y del pasado que sostienen o desfiguran al futuro, según.


agustino20@gmail.com





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